Relatos cortos

A las puertas de Europa

 Cuando la familia Hafiz alcanzó por fin a un punto indeterminado de la costa europea, lo primero que hicieron sus miembros fue abrazarse y lanzar gritos de júbilo.

Había sido un largo viaje desde que decidieron abandonar su casa en Alepo hacía ya algunas semanas. Primero tuvieron que ir a Libia y en el puerto de Trípoli pagaron cinco mil dólares por una precaria lancha con la que cruzar el Mediterráneo.La lancha había aguantado, gracias a Alá, pero la noche fue una pesadilla hasta que avistaron tierra firme. Ahora se encontraban en una enorme playa y, tras recoger sus escasas pertenencias de la embarcación, se preguntaron qué hacer a continuación. No se veía a nadie cerca, así que decidieron empezar a andar alejándose del mar.

No habían recorrido ni doscientos metros cuando lo vieron por primera vez…

El muro.

Un muro de color negro mate, tan alto como un rascacielos y que se extendía hacía izquierda y derecha hasta perderse en el horizonte. Los Hafiz se quedaron mirando aquella inmensa mole con una mezcla de asombro y temor. ¿Qué pintaba aquello allí, en medio de la playa?

Tras reponerse del primer instante de sorpresa, decidieron seguir avanzando. Su destino, fuera el que fuera, estaba al otro lado de aquel  muro. Además, éste debía de tener una o más entradas que permitieran el paso a los bañistas, pues era imposible que toda aquella costa estuviese cerrada a cal y canto.

Sin embargo, cuando estuvieron al lado del muro no consiguieron ver la más mínima abertura en la negra pared. Era como si aquello se hubiese fabricado para encerrar a la gente más que para protegerla. Anduvieron  durante un largo rato siguiendo el muro, pero no había ningún indicio de cómo pasar al otro lado. Finalmente, exasperado por la situación, el padre se puso a dar puntapiés a la pared maldiciendo en voz alta.

Sus maldiciones parecieron surtir efecto, pues a unos tres metros de altura, apareció en el muro un agujero parecido al ojo de buey de un barco. Por el agujero asomó un pequeño dron que llevaba lo que parecía ser una cámara de vigilancia y un pequeño altavoz. El aparato les sobrevoló durante unos instantes antes de emitir unos espantosos chirridos metálicos. Acabada la sinfonía de chirridos, los Hafiz escucharon una voz metálica:

—Aléjense, por favor, no pueden estar aquí.

Lejos de amilanarse, la familia Hafiz se alegró de haber encontrado por fin un interlocutor, aunque se tratase de una máquina.

—Queremos pasar —dijo el padre. Después señaló al muro para reforzar su mensaje.

—No pueden, deben volver. —La voz metálica sonó inflexible.

— ¿Volver adonde? —El padre se acercó un poco más al dron y habló lentamente, como quien intenta comunicarse con alguien que no le entiende bien: —Somos refugiados, huimos de la guerra y necesitamos ayuda.

—En ese caso, enseñen su credencial —respondió la voz.

Los Hafiz se miraron unos a otros sin entender. El padre se encogió de hombros:

—No sabemos a qué se refiere —dijo—. Acabamos de llegar en barca —explicó—, buscamos asilo.

—Para solicitar asilo en Europa necesitan obtener la credencial de refugiados —aclaró la máquina—. No se puede hacer nada sin la credencial.

El padre levantó los brazos al cielo:

— ¿Y cómo podemos conseguir una credencial de refugiados? —preguntó.

En ese momento el dron emitió otro chirrido metálico y en su interior se puso en marcha lo que parecía una cinta grabada:

«Para solicitar la credencial de refugiados deberán ir a Turquía y dirigirse a la Oficina de Atención al Refugiado más cercana. Allí tendrán que presentar los formularios KYJ90002, JEKA8292 y DAE12343 debidamente cumplimentados, junto con fotocopia compulsada y original de los siguientes documentos: documentos de identidad, partidas de nacimiento y libro de familia. Además deberán adjuntar al menos dos informes médicos que atestigüen sus secuelas de guerra. Tras la comprobación de toda la documentación las autoridades establecen un plazo de seis meses tras los cuales emitirán o denegarán la credencial de refugiados. En este último supuesto se establece un plazo de seis meses para presentar alegaciones».

«En el caso de obtener la credencial de refugiados, los solicitantes de asilo deberán dirigirse al consulado europeo situado en Ankara, donde un tribunal independiente valorará su solicitud y emitirá un veredicto en un plazo máximo de dieciocho meses. Dicho veredicto será inapelable. En el caso de ser considerados aptos, entrarán en la lista de candidatos y quedarán a la espera de destino definitivo».

Tras semejante discurso los Hafiz quedaron más que confusos. El padre apretó los puños,  exasperado:

— ¡Por favor!, hemos hecho cientos de kilómetros para llegar hasta aquí. Salimos de casa con lo puesto, no tenemos partida de nacimiento, no tenemos libro de familia. No podemos ir a Turquía, ¡Turquía no es seguro! Venimos huyendo de la guerra. Tenemos hambre, mis hijos llevan horas sin beber. ¡¡Necesitamos ayuda ahora!!

El rostro del padre había enrojecido por la frustración, en cambio la voz de la maquina sonó con su monotonía habitual:

— Para solicitar ayuda primero necesita conseguir la credencial de refugiados. —Y luego, de nuevo la grabación—: «Para solicitar la credencial de refugiados deberán ir a Turquía y dirigirse a la Oficina de Atención al Refugiado más cercana… ».

Tras repetir el mensaje por segunda vez, el dron se elevó y desapareció por el mismo agujero por el que había salido, sin hacer caso de las suplicas del padre y a los llantos del resto de la familia. Después el agujero también desapareció y el muro recobró su habitual solidez, dejando a los Hafiz solos a las puertas de Europa.

 

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