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Al amanecer

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Recuerdo que habíamos quedado en madrugar para ver amanecer.

Sin embargo, al levantarme mi reloj de pulsera marcaba ya las 10 de la mañana y Eva había desaparecido. Su lado de la cama estaba vacío. Su ropa del día anterior no se encontraba encima de la silla donde solía dejarla.

Me levanté con cautela tratando de escuchar cualquier sonido procedente del pasillo. Nada.

Tampoco había rastro de ella en la planta de abajo. Solo encontré un escueto mensaje garabateado con lápiz de labios en el espejo de la entrada: “Lo siento”.

Para confirmar mis sospechas, salí al amplio jardín. Solo uno de los todoterrenos aguardaba en la explanada, el otro ya no estaba allí. Eva se lo había llevado. Había cogido además varias latas de gasolina, así que supuse que su destino estaba lejos. Tal vez se hubiese dirigido al norte, como  más de una vez sugería que hiciésemos.

Con la mente en blanco me quedé contemplando tranquilamente la fachada de la casa de campo. Al principio no me había gustado, no por su apariencia (era una hermosa casa de ladrillo rojo con un encantador ponche de madera), si no por su ubicación. El pueblo más cercano estaba casi a 50 kilómetros y la casa solo era accesible a través de un estrecho desvío en una carretera secundaria.

Sin embargo, Eva decía que pasar un par de semanas en aquel lugar alejado de la mano de Dios era la terapia de pareja que necesitábamos.  Paradójicamente la soledad de la casa la convirtió en el mejor escondite para escapar de la pandemia…

A los dos días de llegar en los telediarios empezaron a aparecer noticias aisladas sobre el brote de una nueva enfermedad. Tres días más tarde la programación televisiva era un goteo constante de casos confirmados en casi todas las partes del mundo. El virus era desconocido, el virus era muy contagioso y, lo más alarmante, el virus era mortal.

A la semana los cadáveres se amontonaban en las calles y cundía la histeria colectiva, mientras la ONU decretaba el estado de alarma global. El fin del mundo llamaba a las puertas. A los diez días, la televisión dejó de emitir señal. Igual suerte corrieron internet, la línea telefónica y la electricidad. Por suerte la casa disponía de un generador eléctrico.

Tras perder cualquier vía de comunicación con el exterior, Eva y yo quedamos literalmente en estado de shock. No nos parecía seguro salir fuera, así que permanecimos en la casa. Solo cuando las escasas provisiones que teníamos se agotaron y el hambre empezaba a atenazarnos, hicimos acopio de valor para coger el coche y bajar al pueblo.

No vimos un solo alma en todo el camino. Sí algunos cadáveres. Supongo que la mayoría de los habitantes habrían huido, o quizás murieron en sus casa. Entramos en un supermercado y cargamos todo lo que pudimos en el coche. De vuelta a casa nos sentimos mucho más seguros; acordamos que era un buen lugar para quedarnos hasta… Bueno, no sabíamos hasta cuando, pero esperábamos que alguien viniera a rescatarnos, o llegase alguna señal de que las cosas volvían a la normalidad.

Por supuesto, no hemos visto a nadie desde entonces. Nadie vino a rescatarnos ni tampoco encontramos a nadie en nuestras esporádicas expediciones en busca de víveres o cosas que necesitábamos.

Poco a poco fuimos haciéndonos a la sobrecogedora idea de que tal vez éramos los únicos supervivientes en esta parte del mundo. Y lo aceptamos.

Entretenimiento no nos faltaba: teníamos nuestros paseos por los alrededores, una pila de libros que cogimos “prestados” de la biblioteca del pueblo y, gracias al generador, energía suficiente para usar el DVD o el equipo de música. Creamos nuestra rutina, nuestra pequeña burbuja de normalidad en un mundo desolado. Me gusta decir que fuimos felices.

Pero entonces supimos que Eva estaba embarazada.

O al menos eso creímos, ya que no teníamos ningún test de embarazo fiable para comprobarlo.

Ahí empezaron las tensiones. Mientras yo pensaba que lo mejor era quedarnos donde estábamos, Eva sostenía que aunque eso habría estado bien para nosotros, no era vida para nuestro futuro hijo. Él, o ella, merecía un futuro mejor, un futuro donde no le esperase la soledad cuando nosotros muriéramos. Eva repetía que, por pura estadística, debía de haber más gente como nosotros, solo había que encontrarles. Yo siempre le dije que aunque los hubiera, las posibilidades de encontrarles eran muy remotas.

Supongo que debí haberlo imaginado, pero a pesar de las discusiones, a pesar de los desencuentros, nunca pensé que Eva me abandonaría por un sueño imposible.

Llevo varias horas pensando en qué hacer, hasta que me he puesto a escribir esta nota. Mañana al amanecer yo también saldré hacía al norte. Me gustaría encontrar a Eva, pero dudo que eso suceda. De todos modos, creo que al menos debo intentarlo.

Así que si lees estás líneas, alégrate. No estás solo, hay al menos tres personas más en el mundo. Somos muy pocos, pero tal vez suficientes para darle al género humano una nueva oportunidad.

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