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Amores del alma: el atropello

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Quiso la fatalidad que me atropellarán mortalmente cuando iba yo al encuentro de mi novia Belinda con la firme intención de pedirle matrimonio.

Ocurrió en el cruce de la Gran Vía con San Bernardo. Había salido de casa un poco tarde y, apurado por las prisas, crucé sin mirar cuando el semáforo de peatones había cambiado ya al rojo. En ese mismo momento un coche, que debía de tener más prisa que yo, enfilaba la calle a toda velocidad.

Me encontraba a mitad de camino hacia la otra acera cuando el susodicho coche (un Ford Fiesta blanco para más inri) me arrolló sin contemplaciones. Del brutal impacto salí yo mucho peor parado que el Ford, créanme. Mi cuerpo salió despedido hacia arriba varios metros y dio una especie de voltereta en el aire (caprichos de la física). El aterrizaje contra el duro asfalto madrileño fue de aúpa, aunque tuve la suerte de quedar inconsciente justo en el terrible momento.

Apenas estuve fuera de juego unos segundos, calculo, porque en seguida recobré los sentidos. Lo primero que vi fue el corrillo de curiosos que se acercaban a la escena, más con ganas de hacer fotos que de ayudar. Supongo que lo normal habría sido sentir un tremendo dolor, pero lo cierto es que me encontraba extrañamente bien y muy ligero. Pero mi tranquilidad duro bien poco, justo el tiempo que tardé en “hablar” para pedir ayuda.

Pongo hablar entre comillas porque, aunque mi mente formuló las palabras, ningún sonido las acompañó. Me pregunté si, por culpa del aparatoso accidente, habría entrado en algún extraño estado de shock. Temiendo por mi integridad física me apresuré a hacer una breve inspección de mi estado, empezando por buscar alguna herida abierta en la cabeza. ¡Horrible momento, porque ni localicé mi cabeza ni la mano con la que palparla! De hecho constaté con perplejidad que ni sentía ni veía mi cuerpo, a pesar de que era consciente de todo lo que ocurría a mí alrededor.

¿Qué estaba pasando? Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad. Me di cuenta de que ninguno de los curiosos se había acercado aún a socorrerme. Vi entonces que la mayoría estaban arremolinados en círculo a escasos metros de mí. Vencido por la curiosidad quise saber qué era más importante que yo, así que me acerqué al grupo de gente. De lo que vi no pude dar crédito:

Mi cuerpo yacía allí sobre un charco de sangre, con tan mal aspecto que ni mi queridísima Belinda me habría reconocido como su novio Gustavo. ¿Pero qué había sucedido? ¿Cómo podía estar allí mi cuerpo si “yo” estaba a unos metros? La única respuesta posible (que no lógica) era que mi alma se había separado del cuerpo por culpa del accidente.

De experiencias similares había oído testimonios en los programas de Iker Jiménez, de los que Belinda era gran admiradora. Contaban que, al atravesar una experiencia cercana a la muerte, a veces el alma podía abandonar su recipiente físico por un breve espacio de tiempo. Pasaba en el quirófano en operaciones a vida o muerte y, por lo que se ve, también en accidentes de tráfico.

Repasé mi situación: mi alma fuera del cuerpo; mi cuerpo hecho unos zorros; y Belinda, mi pobre Belinda, seguro que esperándome con expectación en la Puerta del Sol donde la había citado para el gran anuncio (la pedida de matrimonio, recuerden).  Pero mis desventuras no habían hecho más que empezar…

(Continua en el próximo capítulo
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