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Amores del alma: última oportunidad

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En el capítulo anterior Gustavo es atropellado cuando iba a encontrarse con su novia Belinda. Como resultado del accidente, sufre una experiencia extracorporal (su alma abandona el cuerpo). Habíamos dejado a nuestro infortunado protagonista descubriendo su fantasmal situación. ¿Qué ocurrirá ahora? Veamos…

Superado el shock de verme convertido en un fantasma, la angustia se apoderó de mí ser. ¿Por qué tenían que haberme  atropellado justo ese día? ¿Qué iba a hacer ahora? Pero mis pensamientos pronto se volvieron hacía Belinda, mi gran amor, que sin duda ya estaría preguntándose por el motivo de mi tardanza.

En medio de la desesperación, razoné que si mi alma aún no había sido reclamada por Dios (ni por el Diablo) era porque aún había un hilo de vida que me mantenía en el mundo. No se me antojaba más solución que tirar de ese hilo para regresar a mi cuerpo y revivir.

Mi cuerpo seguía inmóvil en el suelo, rodeado de una miríada de curiosos que se apelotonaban para conseguir las mejores vistas. Ninguno se atrevía a tocarlo y todos permanecían a cierta distancia, algunos con el móvil en ristre. Yo era invisible para ellos y también etéreo, pues varios me atravesaron sin dificultad. El reloj corría en mi contra, supuse, porque todo el tiempo que estuviera fuera de mí significaría quizás no poder regresar nunca.

Me acerqué más a mi cuerpo, de hecho me puse justo encima de él. No me movía andando (porque como fantasma no tenía piernas) sino flotando a escasa distancia del suelo. A menos de un palmo de mi cara pude apreciar la magnitud de la tragedia. Mis ojos, de un color café intenso, parecían haber desteñido; de mi nariz salía un hilillo de sangre y mi boca estaba semiabierta, en un rictus que no me hacía parecer demasiado atractivo.

Precisamente la boca fue el primer lugar de entrada que pensé, ya que dicen que es el lugar por donde escapa el alma -por eso hablan del último suspiro-; así que también debía ser el lugar por donde volver a entrar. Me introduje pues por la boca (no me fue difícil al no tener volumen) y vi mi cabeza por dentro. Estuve un par de minutos esperando que pasase algo sin que nada ocurriese, hasta que decidí volver a salir.

Visto el fallo de mi primer intento, probé a entrar en mi cuerpo por otros orificios que la decencia me obliga a omitir. A ver si de ese modo los resultados eran distintos. Pero aparte de verme por dentro como en uno de esos documentales de Discovery Channel, no conseguía nada. Lo peor es que pasé por mi corazón varias veces y no lo vi moverse en ningún momento. En este ir y venir escuché como por fin se acercaban las sirenas de la ambulancia. Dado el caos circulatorio de Madrid, no me extrañaba su tardanza.

Efectivamente, ahí venían por fin las autoridades competentes: Policía y SAMUR. La ambulancia se detuvo y rápidamente dos médicos del SAMUR salieron a valorar mi estado. Los agentes de policía hicieron retroceder a los curiosos para que los médicos pudieran hacer su trabajo. La cosa pintaba mal a juzgar por los gestos que intercambiaron mientras examinaban mis inexistentes constantes vitales. Alguien vino corriendo con una camilla a la que con cuidado subieron mi cuerpo ya cadáver. Sin darme tiempo a protestar introdujeron la camilla en la ambulancia, pusieron las sirenas otra vez en marcha y salieron de allí pitando.

La ambulancia desapareció de mi vista y con ellas mis esperanzas. Ahora sí que estaba muerto y era algo con que tendría que vivir (es un decir). Lo que no estaba muerto, ni mucho menos, era mi amor por Belinda. Estaba dispuesto a declararle amor eterno, vivo o muerto, así que flotando me encaminé hacía el lugar donde habíamos quedado.  

(Acaba en el próximo capítulo)

 

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