Relatos

Amores del alma: un fantasma enamorado

Convertido ya en fantasma sin remedio, Gustavo sigue decidido a ver a Belinda a quien iba a pedir en matrimonio. ¿Cómo terminará esta historia? (Puedes leer la historia desde el primer capitulo ).

Con mi cuerpo camino de la morgue de cualquier hospital, poco quedaba por ver en la escena del atropello. Los viandantes se fueron dispersando, y yo con ellos. Me dirigía a la Puerta del Sol, lugar de encuentro con Belinda. Al principio lo hice como cualquier peatón más, por la acera y respetando los pasos de cebra. Después me di cuenta de que ya no me hacía falta y atajé atravesando edificios.

Llegué a Sol media hora después de lo acordado con Belinda, según el reloj de la plaza. Pero ella aún esperaba, apoyada en la estatua del Oso y el Madroño. Me acerqué flotando a ella para verla más de cerca. Observaba detenidamente la pantalla de su móvil, esperando sin duda ver algún mensaje mío disculpando mi tardanza. Su bello rostro parecía enrojecido por las lágrimas que furtivamente caían de sus hermosos ojos verdes.

Ahí estaba yo, frente a ella y no sabía qué hacer para comunicarme con ella o siquiera denotar mi presencia. De repente Belinda levantó la vista del móvil y miró justo donde yo estaba, pero sin verme. Movida por una especie de impulso repentino, se puso a andar con determinación a la boca del metro más cercana. Estaba claro que se había cansado de esperar. La seguí.

El metro iba de bote en bote y por primera vez me alegré de ser un fantasma y no estar sujeto a esas estrecheces. En el trayecto repasé las películas de fantasma que había visto en toda mi vida, buscando un medio con el que poder explicarle a Belinda lo sucedido. Golpes en puertas y ventanas, intermediación de un médium, la ouija, apariciones… eran algunas de las formas en las que los del más allá se daban a conocer a los de más acá en el cine. Pero como fantasma novato desconocía cómo llevar a cabo ninguna de ellas. Entre estas y otras reflexiones  llegamos a Aluche, el barrio de Belinda. Su casa estaba a no mucha distancia, en uno de los edificios más altos de la zona, dónde tenía un pequeño ático.

Mi Belinda entró en casa con gesto triste y cansado y enseguida se fue a su cuarto a ponerse más cómoda (momento en el que yo esperé fuera pacientemente, por no aprovecharme de mi invisibilidad). Cuando salió, se fue directa a la terraza a tender la colada, quizás para entrenarse y olvidar el desplante de mi ausencia.  Llevaba una cesta llena de sabanas.

Belinda empezó a tender las sabanas en las cuerdas del tendedero. Sabanas… ¿no era eso con lo que se cubrían los fantasmas de los cuentos? Quizás me sirvieran  como instrumento para al menos hacer notar mi presencia. Hice la prueba atravesando un par de veces una de las sabana, sin causar ningún efecto. A la tercera vez me moví más lentamente y antes de atravesar la sabana vi como esta se agitaba visiblemente por mi paso. Quizás el alma sí que tenía algo de volumen, ¿no decían que pesaba 23 gramos? Averigüé que concentrándome podía hacer que la sabana se hinchase como si el viento la empujara.

Era el momento de hacerme notar y llamar la atención de Belinda. Me fijé en la sabana que estaba tendiendo en ese momento y sin pensarlo dos veces puse en ejecución el truco. Concentrándome todo lo que pude, empujé la tela. La sabana se abombó adquiriendo una forma humanoide justo delante de mi novia.

Mi aparición no tuvo el efecto deseado: Belinda pegó un gran grito, retrocediendo espantada. Al ir hacia atrás sin mirar, tropezó, cayendo por el balcón. ¿He dicho que el ático era un sexto piso? Horrorizado, descendí rápidamente a la calle. Belinda estaba tendida en el suelo, con brazos y piernas formando ángulos imposibles. Su cuerpo no mostraba ninguna señal de vida. Lleno de pena, deseé poder morir de nuevo, pues con mi amor muerto nada tenía ya sentido.

Sin embargo, cuando mi desesperación estaba en su máximo punto, ocurrió el milagro. Del pecho de Belinda empezó a salir una especie de neblina luminosa. La neblina se fue condensando en una bola de energía que no podía ser otra cosa que el espíritu de mi amada. Pude ver como se quedó unos flotando inmóvil, dubitativa, hasta que empezó a moverse sobre su cuerpo, seguramente con la misma confusión que yo mismo había experimentado al morir. Azorada como estaba, no se dio cuenta de mi presencia hasta momentos después.

Aún liberados de nuestra envoltura mortal, Belinda me reconoció al instante. Se acercó a mí y quedamos flotando frente a frente. Me parecía que ahora era capaz de leer su mente, igual que ella podía leer la mía. Le transmití un torrente de pensamientos avergonzados porque mi torpeza le hubiese costado la vida. Pero cuando el torrente cesó y aguardé los pensamientos de Belinda,  en ellos no vi reproches, ni miedos, ni lamentos… solo el más puro amor que alguien pueda imaginar. Y cuando nuestros espíritus se fundieron en un abrazo fantasmal supe que en verdad siempre habíamos sido almas gemelas y que a los amores del alma ni la Muerte puede vencerlos.

Poco más hay que añadir a esta historia. Belinda y yo nos instalamos en un bonito palacete de Madrid, que al poco se ganó la fama de estar encantado (lo que por otra parte nos viene bien, ya que poca gente viene a molestarnos). Ahora somos muy felices, y aunque no pudimos casarnos por la iglesia como era nuestra ilusión, la verdad es que el “Hasta que la muerte nos separe” ya no tiene sentido para nosotros.

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3 comentarios en “Amores del alma: un fantasma enamorado”

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