Relatos cortos

El gran banquete

Todo estaba ya dispuesto sobre el sencillo mantel, donde descansaban la servilleta, el pan, los cubiertos, una copa, una botella de vino y, lo más importante: la comida. No cabía duda de que quien había servido la mesa (José no le vio en ningún momento) había hecho un gran trabajo al poner aquellos platos en un espacio tan reducido.

José se puso la servilleta sobre las piernas cuidadosamente, partió un  trozo de pan y llenó la copa de vino. Esperó. Se preguntaba si, dadas las circunstancias, sería buena idea bendecir la mesa. Era algo que siempre hacían sus padres cuando vivían en El Salvador. Después, al trasladarse  a Estados Unidos, José se alejó de su familia y de sus costumbres. Finalmente decidió que ya habría tiempo más tarde para dar gracias a Dios.

Pero ahora lo más urgente era calmar su hambre. Y vaya si lo que tenía delante de sus ojos no haría salivar a cualquiera. Varios platos repletos de los manjares más deliciosos le aguardaban. Había tostas untadas en los más exquisitos foies, un gran cuenco de sopa con garbanzos; ensalada de pasta italiana, puré de patatas, marisco, asados de al menos tres tipos de carne… y una gran tarta de chocolate.

A José le pareció un banquete digno de un ministro o tal vez de un rey. Cosas muy alejadas de su pobre dieta habitual. Estaban todos sus platos favoritos y algunos que siempre había querido probar. No tardó en empezar a comer con ganas, saboreando cada bocado. El vino que acompañaba era de buena cosecha (o al menos eso creyó, porque no era un entendido en el tema). No pensaba en nada, solo comía sin preocuparse por el dolor de estómago que seguro vendría después. Todo lo probó y todo le supo a gloria.

Había reservado la tarta de chocolate para el final; le supo igual que la que hacía su madre, a la que llevaba años sin ver. Tras dar el último bocado, se limpió escrupulosamente con la servilleta. Dejó la servilleta doblada encima de la mesa justo cuando en el pasillo sonaban ya los pasos de quienes venían a buscarle. La puerta de la celda se abrió y en el umbral apareció la figura del alcaide seguido de varios guardas. “Es la hora”, dijo. José se levantó obediente y siguió a la comitiva hacía la sala de ejecuciones.

 

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