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El guardián

Aunque las calles estaban desiertas, Farid se acercó con cautela al edificio abandonado. La puerta estaba cerrada a cal y canto, así que tuvo que lanzar una piedra para romper una de las ventanas del primer piso y colarse en el interior, no sin antes repetirse que no había nada de malo en lo que estaba haciendo.

Al entrar en la sala en penumbra le pareció escuchar el ruido de los morteros en la lejanía. Los combates estaban cada vez más cerca, lo que significaba que los “perros del Demonio” (así los llamaba su padre) no tardarían demasiado en hacer su aparición. Sin duda traerían sus negras banderas, llevándose por delante todas las cosas que Farid amaba: libros, música, pintura… Tenía que darse prisa.

Sin perder ni un minuto, empezó a moverse con destreza entre las altas estanterías, cogiendo libros de aquí y de allá y metiéndolos en el espacioso saco que llevaba en la mano. No escogía cualquier obra, sino que iba seleccionando los mejores volúmenes igual que haría un librero experimentado.

Cuando dio por concluida su tarea en el saco no cabía ni un libro más. Se lo echó a la espalda y volvió a salir por la ventana rota. Echó un último vistazo a la silenciosa biblioteca antes de dirigirse corriendo al punto donde un grupo de familias (incluyendo la suya),  preparaban su huida de la ciudad.

Los padres de Farid ya le aguardaban impacientes. Preguntaron dónde demonios se había metido, y él les enseñó el montón de libros que había traído consigo. Ellos sonrieron con una mezcla de indulgencia y melancolía.

Tras orar durante unos minutos, la comitiva partió. No sabían con qué se encontrarían en su camino a Europa, pero al menos ahora no viajarían solos, pensó Farid. Les acompañarían Alí Babá y los 40 ladrones, Gulliver, Simbad el marino, Aladino y un caballero loco llamado Don Quijote. Mientras pudieran leer, podrían soñar.

 

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Un comentario en “El guardián”

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