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El reino de las criaturas mágicas

Había una vez un reino que fue próspero en otro tiempo, pero que ahora atravesaba una larga depresión.

Los habitantes de esta tierra habían sufrido una penosa crisis que se llevó por delante buena parte de su riqueza. El trabajo escaseaba, y el que había era mal pagado y de escasa calidad. A esto se le sumaban unos gobernantes corruptos e incapaces que solo sabían beneficiar a los de su casta, mientras pisoteaban las libertades y derechos de sus súbditos. A pesar de todos, éstos permanecían mansos y obedientes, sin hacer otra cosa que quejarse amargamente por su situación.

Pero de todas las gentes sometidas a dichas calamidades eran los jóvenes los más castigados. Observaban como el futuro se esfumaba ante sus narices, e incluso muchos de ellos se vieron obligados a abandonar el país en busca de mejor suerte. Fueron ellos, o al menos algunos de ellos, los que alentaron tímidamente la llama de una revolución que cambiara las cosas.

La cosa quedó en nada, pero sirvió para que los mayores se preocuparan. Los más ricos estaban muy bien como estaban y no querían que nada cambiase; y los otros, aunque pobres, se guiaban por aquello de que más vale lo malo conocido. Valoraban la tranquilidad y pensaban que cualquier revolución solo serviría para empeorar las cosas. Por eso había que hacer algo, porque de seguir así, no cabía duda de que el estallido sería inevitable.

Así que los mayores se reunieron en secreto para tratar el problema. Tras mucho pensar, los más poderosos llegaron a una conclusión: la estrategia de pan y circo siempre había funcionado, pero cuando hasta el pan escaseaba, había que apostarlo todo al circo. Así que decidieron ofrecer una gran recompensa a quien encontrase un entretenimiento capaz de mantener a los jóvenes distraídos e inofensivos.

Sabios de todo el mundo se presentaron ante los mayores para exponer sus proyectos. Aunque había ideas realmente ingeniosas, ninguna de ellas acababa de convencerles por completo. Hasta que un día apareció en la corte un extraño personaje. Dijo ser un mago-inventor que había creado un juego capaz de mantener distraído a cualquiera durante horas, hasta el punto de hacer que se olvidasen del mundo exterior. Lo llamó el Juego de las Criaturas Mágicas.

El juego parecía sencillo. Se trataba de una pequeña máquina que cabía en la palma de la mano y que tenía una pantalla. El mago dijo que era un visor y explicó que a través de su pantalla el jugador podía ver un mundo imaginario en el que se mezclaban realidad y ficción.

A veces el visor aparecían fantásticas criaturas de aspecto animal que en realidad no estaban allí, sino que eran ilusiones creadas por la máquina. El jugador tenía que atraparlos lanzándoles unas bolas mágicas que, una vez más, solo existían en la pantalla. El visor avisaba cuando había alguno de esos animales imaginarios cerca y mostraba el camino para alcanzarlo. Así que el jugador tenía que ir moviéndose para encontrar más presas a las que capturar. Cuando atrapaba a una nueva criatura podía entrenarla y enfrentarla a las de otros jugadores.

Los mayores quedaron maravillados ante el invento y creyeron haber encontrado lo que buscaban. Preguntaron al mago qué quería como recompensa, pero éste sonrió enigmáticamente y contestó que la reclamaría llegado el momento. A los pocos días, en todo el reino se anunció a bombo y platillo el lanzamiento del Juego de las Bestias Imaginarias.

El recibimiento no pudo ser más caluroso. Enseguida miles de personas, especialmente jóvenes, empezaron a jugar. Tal fue la fiebre por el nuevo juego que los jóvenes dejaron de lado otras diversiones. También dejaron de preocuparse por el futuro y parecía que solo pensaban en salir fuera a cazar nuevas criaturas para su colección.

En las calles no se hablaba de otra cosa. Día y noche, los jugadores recorrían las calles buscando criaturas imaginarias. Muchos iban tan embobados que no miraban otra cosa que no fuera la brillante pantalla de sus visores, lo que dio lugar a decenas de accidentes, atropellos incluidos. Se hacían concentraciones que congregaban a un gran número de jugadores, colapsando avenidas enteras. Además, las criaturas imaginarias podían surgir en cualquier lugar, lo que llevaba a los jugadores a colarse en los sitios más insospechados.

Sin embargo, los mayores pasaban por alto estos inconvenientes. Estaban contentos de que por fin las ansias revolucionarias de los jóvenes se hubiesen apagado por completo. En todo el reino ya nadie se reunía para protestar, solo para jugar.

Pasado el tiempo, el mago-inventor regresó de nuevo a reclamar su recompensa. Los mayores le recibieron con honores. Pero cuándo lo preguntaron qué quería como pago a sus favores, la respuesta les sorprendió: «no deseo oro ni riquezas, solo llevarme el alma de vuestros jóvenes».

Los mayores se miraron entre sí y sonrieron complacientes: « ¿almas? Debes de estar loco. Mejor llévate esta bolsa de oro», dijeron, y le lanzaron un pequeño saco lleno de relucientes monedas.

 «No entendéis nada –replicó el mago lanzando una carcajada−. Sus almas ya me pertenecen, pero esta noche me las llevaré». Tras esta amenaza se fue por dónde había venido dejando a los allí reunidos preguntándose qué habría querido decir.

Todos dormían aquella noche cuando a las doce en punto todos los visores del reino empezaron a vibrar al unísono. Al cogerlos, los habitantes del reino vieron como en la pantalla aparecía un mensaje anunciando de la aparición a las afueras de una extraña y muy valiosa criatura, la más poderosa de todo el juego. Sin importar lo tardío de la hora, los jóvenes de todo el reino salieron de  sus hogares a cazar tan apetitoso trofeo.

Los padres fueron detrás de sus hijos, intentando convencerles de que volvieran a casa, pero estos no hacían caso. Ni siquiera parecían escucharles. Los jóvenes iban tan rápido que a duras penas se podía seguirles. Poco a poco fueron dejando atrás las casas e internándose en los agrestes montes que ocupaban el margen occidental del reino.

Los mayores iban cada vez más alarmados, preguntándose en qué acabaría todo esto. Y cuando miraron a lo lejos vieron espantados como el terreno, iluminado débilmente por la luna, terminaba abruptamente dando paso a la negrura de un enorme barranco.

Incapaces de alcanzar a los jóvenes, los mayores gritaron desesperados « ¡Volved!, ¡volved! ¡Ese camino no lleva a ninguna parte!». Sin embargo, la atontada multitud de jugadores no desvió ni por un momento la vista de sus pantallas. No veían lo que les esperaba delante, solo lo que sus visores les mostraban. La multitud no se detuvo ni cuando los primeros empezaron a despeñarse ciegamente por el barranco.

Cuando los mayores llegaron al lugar, ya era demasiado tarde. Cientos de jóvenes yacían en las profundidades del barranco. Y aunque a la mañana siguiente se organizó una expedición para encontrar supervivientes, no quedaba nadie con vida. Sin duda el mago había cumplido su amenaza.

Desde entonces ya solo la tristeza recorre las calles del reino, y se dice que ninguno de sus habitantes ha vuelto a sonreír.

 

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