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La marcha fúnebre

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No faltaba mucho para que el cementerio cerrase sus puertas. Pascual apretó el paso para llegar cuanto antes a la lápida de su mujer y dejar allí el ramo de rosas que había comprado de camino.

Hasta el último momento no se había decidido a ir al camposanto por dos motivos: primero, no le gustaban demasiado los cementerios. Estaban llenos de muertos y estaba demasiado acostumbrado a lidiar con la muerte. Segundo: no le gustaba dejarse ver en público.

Tenía sus motivos. Siempre hay algún periodista indiscreto dispuesto a revolver el fango del pasado para conseguir una exclusiva.

Pero después de comer pensó que un día como hoy, Todos los Santos, era obligado presentar sus respetos a su difunta esposa. Al fin y al cabo, ella siempre le había apoyado. Siempre. Así que cogió su bastón, se puso un sombrero, una gabardina y salió.

Las calles del cementerio ya se estaban vaciando de gente y Pascual no tuvo problemas para localizar la tumba. Dejó las flores encima de la lápida y escrutó al cielo gris que oscurecía rápidamente. Pronto sería de noche. Tras pasar unos instantes sumido en sus pensamientos, se santiguó de forma mecánica y se dispuso a abandonar el lugar. Pero entonces algo llamó su atención.

Un grupo de personas desfilaba por el pasillo central portando velas. Eran treinta o cuarenta moviéndose a paso lento; una comitiva fúnebre. « ¿Pero a quién irían a enterrar a aquellas horas?», pensó Pascual. Cuatro de los caminantes cargaban a hombros un ataúd sin ningún tipo de ornamentación, apenas una caja de madera que más parecía hecha para transportar carne que cadáveres. A Pascual le recordó a las cajas que se almacenaban en el sótano de la comisaria.

Desechó el pensamiento como quien desecha un mal sueño y echó a andar. La tétrica comitiva avanzaba en su dirección por el camino flanqueado por cipreses.  Pascual se pegó a un lado para dejarlos pasar, pero cuando estaban ya a solo unos metros de cruzarse con el grupo, éste se paró en seco. Quienes llevaban el ataúd lo bajaron al suelo y todos lo rodearon en silencio.

Pascual también se detuvo, algo inquieto. Quizás ya estaban al lado de la tumba, o se habían parado unos instantes para que los portadores recobrasen fuerzas. Sea como fuese, ocupaban todo el ancho del camino, así que iba a tener que pasar por medio si quería salir. Retomó la marcha hasta llegar al muro de personas que rodeaban el ataúd. Vistos de cerca formaban un silencioso y compacto muro de espaldas. Tocó suavemente el hombro de la figura que tenía más cerca. Por su silueta parecía una mujer.

–Disculpe.

La mujer se dio la vuelta. Pascual no pudo evitar un respingo.

Vio la cara de una chica joven iluminada por la vela. Todo estaba bien de nariz para arriba, pero la armonía del rostro se rompía abruptamente por una fea cicatriz que le atravesaba la mejilla derecha de arriba abajo. A Pascual lo que le impresionó no fue la herida de la muchacha (había visto cosas peores), si no la acuciante sensación de familiaridad.

De pronto recordó…

Una celda gris con una tenue luz fluorescente. El mobiliario se reduce  a una mesa puesta contra la pared y una solitaria silla en medio de la estancia. En la silla está sentada una chica joven con las manos atadas a la espalda. Solloza. Tiene miedo. Sobre la mesa varias “herramientas”. Pascual  está decidiendo cual usar. Finalmente se decanta por una navaja. Su favorita. Camina hacía la chica sonriendo. « ¿Así que prefieres alborotar en vez de ir a clase? Bueno, tal vez pueda hacerte cambiar de idea». Le acerca la navaja a la cara. La chica empieza a llorar….

Pascual volvió de la neblina de recuerdos. Era imposible que la chica fuese la misma, ¿cuántos años habían pasado de eso? ¿Treinta, cuarenta? Alejó la idea con una sacudida de cabeza.

–Perdone –dijo recuperando la compostura–, ¿me permi…?

La frase murió en sus labios antes de salir. El hombre que estaba al lado de la mujer también se había dado la vuelta para mirarle. Tenía la nariz completamente destrozada. Otro hombre se giró; su cara estaba tan quemada que resultaba casi imposible distinguir sus rasgos. Pero Pascual lo reconoció, los reconoció a todos.

Poco a poco, los miembros de la comitiva se dieron la vuelta. Entre ellos había un auténtico catálogo de horrores: hematomas, cortes, quemaduras, amputaciones… Pascual no recordaba sus nombres, pero si sus caras en las fichas de detención: estudiantes, sindicalistas, opositores… Todos ellos habían estado en aquella celda; todos habían pasado por sus manos. Los más afortunados salían con el rostro magullado y varias costillas rotas; los menos (la mayoría), en una caja muy parecida al  ataúd que ahora había en medio del camino.

«Estoy soñando –se dijo–. Me quedé dormido en el sofá y esto es solo un mal sueño»

Los espantosos rostros le observaron en silencio, luego empezaron a andar hacía él. Pascual blandió el bastón con mano temblorosa.

– ¡Atrás! ¡Dejadme en paz! –balbuceó.

Uno de ellos le cogió por la manga de la gabardina y Pascual le lanzó un bastonazo. Fue como golpear un trozo de carne podrida. El resto no se detuvo.

– ¡Demonios! –Gritó al tiempo que retrocedía dando golpes frenéticos en todas direcciones. Pero ellos siguieron avanzando, siempre impasibles y en silencio. Finalmente tropezó con una piedra y calló de espaldas. Un enjambre de  manos se abatió sobre él sujetándolo con firmeza. No dejó de gritar y retorcerse mientras le arrastraban hacía al ataúd. Habían retirado la tapa.

Estaba vacío. Esperándole.

Pascual se revolvió, pero ahora era débil y viejo. Cuando las fuerzas le abandonaron, las fantasmagóricas manos le metieron en la caja y cerraron la tapa. Después alguien la clavó para que no se abriera.

Con ciego terror notó como aquellos espectros levantaban el ataúd y lo transportaban en volandas retomando su fúnebre marcha, llevándole hasta su tumba sin nombre.

 

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