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Madre no hay más que una

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−Hola, mamá, ¿cómo estás? –saludé. Mi madre tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo no parecía muy contenta.

−Dichosos los ojos, hijo –respondió con retintín−, hace meses que no das señales de vida. Parece que solo te acuerdas de tu madre en días como este −. Mamá siempre me reprochaba lo mismo.

−Eso no es verdad, mamá, siempre me acuerdo de ti –protesté. Y lo decía en serio, aunque no lo demostrase tan a menudo como debiera.

−Pues siempre estás demasiado ocupado para hablar con tu madre… −. Su voz tenía ese deje sarcástico que yo conocía bien.

−No es eso, mamá, ya sabes que es complicado poder hablar contigo. Anda, no te enfades, mira lo que te he traído −. Sostuve en alto el ramo de flores que llevaba en la mano y que había comprado aquella misma tarde.

− ¿Qué es eso, flores? –preguntó con interés.

−Rosas rojas, tus favoritas –sonreí−. ¡Feliz Día de la Madre!

−Todos los años me traes lo mismo, ¡qué poca imaginación!−. A pesar de sus palabras, su tono me decía que había conseguido ablandarla.

−Soy malo para estas cosas, nunca he sabido que regalarte –me disculpé−. ­Pero aún no me has dicho cómo estás.

−Bien, por aquí nunca pasa gran cosa –suspiró−. Todo sigue igual.

− ¿Y papá?

−Todos bien, tu padre te manda saludos. ¿Y tú qué tal? Mírate, estás en los huesos. Apuesto a que te alimentas a base de precocinados −. Mi alimentación era una de las principales preocupaciones de mi madre desde que me había independizado. Traté de tranquilizarla:

−Estoy bien, no tengo mucho tiempo para cocinar, pero intento comer sano, de verdad.

−Ya, demasiado ocupado para comer bien y para ir a ver a tu madre. Espero que al menos no estés tan ocupado para echarte novia. ¿Sigues saliendo con aquella chica del trabajo?

− ¿Laura? –supuse que se refería a ella porque es la última chica de la que le hablé. No suelo tratar de esas cosas con mi madre−, salimos un par de veces. Somos amigos.

− ¿Solo amigos? –preguntó con suspicacia.

−Sí –dije esperando que la conversación tomase otro rumbo. Mi madre volvió a la carga:

−Muchas amigas tienes, me parece a mí, pero no te duran ni dos telediarios. ¡A ver cuando asientas la cabeza!

−Mamá, por favor…  −Intenté cambiar de tema−. ¿Sabes qué? Me ascendieron a jefe de sección.

−Me alegro mucho hijo, aunque ese trabajo tuyo nunca me gustó demasiado. ¿Te pagan más?

−Algo más, sí –respondí dubitativo−, pero tampoco demasiado.

−Bueno, todo lo que sea ir subiendo, bien está. –Su voz se dulcificó−. Siempre has sido muy trabajador y creo que supimos darte una buena educación. Estoy orgullosa de ti.

−Gracias, mamá –tragué saliva−. Te quiero. –Una lágrima rebelde rodó por mi mejilla.

−Yo también te quiero, hi…

La voz de mi madre empezó a hacerse cada vez más distante, hasta desaparecer por completo. La médium soltó mi mano:

−Lo siento, la conexión se ha roto –dijo−. ¿Quieres que lo volvamos a intentar? Es posible que tarde un tiempo.

Miré al cielo, estaba anocheciendo. Decidí que era mejor dejarlo para otra ocasión. Dejé las rosas sobre la tumba de mi madre y salí del cementerio.

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5 Comments

  1. Muy bonito y emocionante,realmente,la muerte no puede con el amor,igual la conexión puede romperse entre los dos mundos,pero nunca el amor.

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