Relatos cortos

Mal karma

Todo apuntaba a otro lunes de mierda.

Por la mañana las voces de mis vecinos me despertaron antes de que sonara la alarma. Se trataba de un par de vejetes que vivían en el edificio desde ni se sabe. Mi cuarto estaba separado de su salón por una pared que parecía de papel. Con tan precario aislamiento, tenía una posición privilegiada para escuchar todas sus disputas.

Se supone que no debemos hablar mal de los mayores, pero cuando pienso en mis vecinos solo se me viene una palabra a la cabeza: miserables.

No hablo de miseria económica, sino de la ruindad de quien sabe que sus mejores años han quedado atrás y emplea lo que le resta de vida en joder a fondo al prójimo. Estos dos se pasaban el tiempo discutiendo de forma airada e insultándose a gritos. ¡Y qué insultos! La mujer tenía una lengua como para barrer el Infierno. Siempre encontraba algún insulto nuevo con el que atacar a su marido. El hombre, con menos arte para la injuria, se defendía amenazando con terribles castigos.

En resumen, se llevaban a matar, pero ni aun así pensaban en el divorcio. Quizás se veían demasiado mayores para tanto papeleo, o  simplemente temían quedarse solos. Después de todo, ¿quién iba a aguantarles? Sus hijos habían desaparecido (muy juiciosamente) y solo recibían la visita de Julia, una dominicana que iba tres días  por semana a limpiarles la casa. Yo había hablado con ella alguna vez cuando salía a fumar al portal. La pobrecilla me daba lástima por tener que aguantarles.

Julia me contaba que el señor era un bebedor habitual. Muchos días salía de casa a las nueve de la mañana para volver de noche haciendo grandes eses y apestando a vinacho. Por su parte la señora de la casa ya no podía andar. El marido la llevaba de la cama al sofá y del sofá de la cama. Desde luego, no era una vida envidiable la suya. De hecho la vieja amenazaba cada dos por tres con el suicidio (¿Quién la culpaba viendo el panorama?). Había que estar atento porque se lanzaba literalmente del sillón con la intención de alcanzar a rastras la ventana y tirarse. Naturalmente no llegaba muy lejos. Antes o después alguien se la encontraba al pie del sofá con una costilla rota.

No, no siento mucho aprecio por los vecinos de mi bloque, una autentica colección de carcamales, pero estos dos me parecen especialmente despreciables. Su forma de amargarse la vida mutuamente, los malos modos con Julia (nunca hacía nada a derechas, según le decían) y las voces. Sobre todo las voces, que  no me dejaban dormirme a mi hora y me  sacaban de la cama antes de tiempo.

La discusión matinal de hoy se prolongó algo más de  lo normal. Luego el habitual portazo cuando el marido salía de casa para empezar la ronda de bares. Después calma aparente, y solo aparente, porque mientras me vestía preparándome para salir escuché un golpe sordo al otro lado de la pared. Enseguida oí e quejido lastimoso de  la vecina. Seguramente había vuelto a “saltar” del sofá con intenciones suicidas aprovechando la ausencia del marido. Casi vi la escena: la pobre vieja echada en el suelo y retorciéndose.

Sin embargo, la imagen no me inspiró lástima. Acabé de vestirme y me fui a trabajar.

Sí, no intenté entrar en el piso de la vecina; no di una voz para ver cómo estaba; no llamé a una ambulancia. No quería llegar tarde a la oficina, y pensé que alguien se ocuparía de esa pobre mujer y, ¿qué demonios?

Odiaba a aquella bruja.

Salí de casa intentando pasar desapercibido, no sea que me viera algún vecino y descubriese de algún modo mi fechoría.

mal karmaPronto olvidé el incidente, un intenso dolor de cabeza amenazaba con darme el día. El metro se hacía esperar más que de costumbre y el andén estaba lleno de hombres sudorosos. La megafonía anunciaba paros por una avería en la línea (causas ajenas a Metro, como siempre). Tuve que dejar pasar dos trenes antes de conseguir entrar en un vagón atestado. Durante el trayecto hasta el trabajo quedé atrapado entre la voluminosa mochila de un tipo con corte militar y una choni con la música a todo trapo.

El metro paraba más de lo normal en cada estación, pero ese solo había sido el principio de mis desgracias. Cuando por fin llegué a mi parada y salí del vagón, me di cuenta de que no llevaba el móvil en el bolsillo. Algún listo había hecho el agosto aprovechando la montonera. Tenía que estar en la oficina hace 20 minutos, así que no me entretuve en poner ninguna denuncia.

Al entrar a la oficina el jefe me esperaba con cara de pocos amigos. No me preguntó la causa de mi retraso, sino que enseguida me sacó los colores recordándome un informe que debía haberle entregado la semana pasada. Lo quería para ya, no importaba que tuviese que quedarme hasta las tantas.

La mala suerte siguió acechándome., y en el descanso de medio día el café se me cayó encima, echando a perder mi mejor camisa. Aquella mañana ni los tonteos con Verónica, la chica de administración, lograron animarme. “¿Qué te pasa?”, me preguntó. Le conté el día de perros que estaba teniendo (omitiendo el intento de suicidio de mi vecina). Ella rio divertida: “Eso no es mala suerte, eso es mal karma”.

Según Verónica las leyes de karma dictan que lo que llamamos buena o mala suerte depende de nuestros actos. En sus propias palabras: si ayudas a la gente, el karma te ayuda; si la puteas, te putea. Así de sencillo.

Reflexioné sobre ello durante toda la tarde.

Así que mi karma debía de estar por los suelos. ¿Era mi mala suerte fruto del karma? Desde luego esa acumulación de pequeñas catástrofes no parecía cosa del azar. ¿Qué hacer para restablecer el equilibrio cósmico? La teoría dice que una buena acción podría mejorar mi karma, acabando con la mala suerte que me acosaba hoy.

Volví a pensar en mi vecina. No haberle ayudado cuando pude seguramente habría afectado de forma muy negativa a mi karma. Si aún pudiera echarle una mano… Bueno, solo hay una forma de demostrar esas cosas.

Después de salir del trabajo volví a casa con rapidez. Subí las escaleras del portal con ciega determinación, pero en vez de entrar en mi casa me detuve ante la puerta de mis vecinos. Pegué el oído y escuché; del interior no llegaba ningún sonido. Estaba a punto de retirarme decepcionado cuando percibí un leve gemido.

Suficiente.

Retrocedí unos cuantos pasos y cargué con ímpetu contra la puerta. Por suerte la hoja de madera era casi tan vieja como los habitantes de la casa y no resistió más allá del tercer empujón. Una vez dentro de la vivienda me dirigí al salón.

Como imaginaba. La vieja seguía allí tirada en el suelo, hecha un revoltijo humano que braceaba inútilmente de vez en cuando. Al verme, redobló sus aspavientos.

Intente usar mi voz más tranquilizadora:

— ¿Necesita ayuda, señora?

La vieja me miró con ojos lastimeros y esbozó un sí con un hilillo de voz.

Me agaché donde estaba y la levanté; no pesaba demasiado. Apoyando su peso en mi hombro, me acerqué con ella a la ventana, mientras intentaba infundirle ánimos.

Abrí la ventana con la mano que me quedaba libre.

—No se preocupe, señora — le dije con tono animoso al tiempo que me colocaba detrás de ella—, yo le ayudaré-.

Ella me lanzó una mirada interrogante y yo la lancé por la ventana. Me asomé justo a tiempo para ver como su cuerpo golpeaba con la barandilla del segundo y caía a plomo sobre la calle.

Sonreí satisfecho.

Había ayudado a aquella mujer a morir, sin duda el karma no tardaría en recompensarme.

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