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Matar al mensajero

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El caballo avanzaba a toda velocidad a través de las áridas estepas. A sus lomos viajaba el mensajero, con una carta de vital importancia: la respuesta de su señor, el Rey Tanos del Sur, al último mensaje de su vecino, el Gran Emperador del Norte.

El motivo de dicha correspondencia no era amistoso. Los dos monarcas reclamaban como suya una pequeña península fronteriza entre ambos territorios, un pedazo de tierra de apenas 2.000 acres  pero con un indudable valor estratégico. La disputa por aquel terreno se arrastraba desde hace varios siglos, pero en los últimos tiempos se había reactivado con especial virulencia y se habían movilizado tropas a lo largo de la frontera.

El resto de naciones trataron de mediar para buscar un final dialogado al conflicto, pues tanto el Reino del Sur como el Imperio del Norte eran dos grandes potencias y en caso de guerra las consecuencias para todo el mundo serían catastróficas.

La mediación había logrado un intercambio de mensajes entre el Rey Tanos y el Gran Emperador, un tira y afloja en el que las ofertas y las contraofertas se sucedían sin que ninguno de los dos mandatarios diese su brazo a torcer. Finalmente, el Gran Emperador del Norte había mandado una última oferta de paz, amenazando con invadir la península si no era aceptada. Y ahora el mensajero había sido honrado con el gran honor de llevar la respuesta del Rey Tanos a esa última oferta.

El rey Tanos en persona fue quien le dio la carta al mensajero, prohibiéndole expresamente leerla si no era en presencia del Gran Emperador. El viaje había sido largo y fatigoso, pero ahora por fin podía ver su destino, la capital del imperio del Norte. Al llegar a las murallas de la ciudad descubrió que ya le estaban esperando. Le escoltaron al palacio, dónde fue llevado a una gran sala donde los miembros de la corte se agolpaban, aguardando con impaciencia su mensaje. En el centro, sentado en su trono aguardaba el gran emperador del Norte.

−Bienvenido –dijo extendiendo los brazos−. Sé que has hecho un largo viaje, pero antes de que puedas disfrutar de un merecido descanso, permítenos escuchar el mensaje que te ha traído hasta aquí. ¿Cuál es la respuesta de tu rey a mí última y generosa oferta?

El mensajero hizo una reverencia y abrió el sobre rompiendo el sello de cera. Después sacó la carta y la miró detenidamente. Examinó el papel varias veces mientras gotas de sudor perlaban su piel. Un leve temblor agitó sus labios y se adueñó del resto del cuerpo.

− ¿Y bien? –dijo el emperador con un punto de impaciencia en la voz.

Al mensajero le habría gustado hundirse en la tierra, esconderse, desaparecer. En lugar de eso, leyó con voz alta y clara la respuesta de su rey. Sobre el papel solo tres palabras escritas en letras doradas con una cuidada caligrafía:

QUE TE JODAN

La cara del emperador adquirió un tono gris ceniciento. No dijo nada, pero lanzó un par de miradas furibundas a su alrededor. Casi al momento, dos guardias se acercaron al mensajero espada en mano.

Pronto la sangre manchó el impoluto suelo de la sala.

La guerra era ya inevitable…

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