Relatos

Mermelada

 

“Por favor, coja un número y espere su turno”. Joseph apretó un botón y la máquina escupió un papelito: el 36. En el letrero luminoso que había encima de la puerta de Consultas brillaba un 15. Aún le quedaban 20 personas por delante.

Inspiró hondo y fue a sentarse en una de las sillas rojas que se alineaban contra la pared. Echó un rápido vistazo a su alrededor. La sala de espera estaba medio llena, todos mirando sus móviles y evitando hablar con los demás.

Sacó de la chaqueta un manoseado folleto. “Agencia Dreams, consigue la vida que siempre soñaste”, rezaba la portada. En el interior, un sonriente doctor explicaba el funcionamiento de la Máquina del Sueño (el nombre era poco comercial pero bastante descriptivo).

Por instinto se palpó el bolsillo de la chaqueta. El papelito del consentimiento informado seguía allí. Todos los que se conectaban a la Máquina debían firmarlo. Al hacerlo aceptabas entrar en un estado de sueño inducido del que nunca más despertarías. Además de comprometerte a dejar todos tus bienes a la empresa como pago por sus servicios.

A Joseph le parecía un precio pequeño por “vivir la vida que siempre había soñado”. Él ya tenía cómo iba a ser su sueño, que incluía un enorme ático con vistas a la capital y una lista variada de amantes. La clase de vida que no podía permitirse.

Estaba enfrascado en la enésima lectura del folleto cuando notó que alguien se sentaba a su lado. Por el rabillo del ojo vio que se trataba de una chica joven, 28, tal vez 30 como él. Saludó con un «buenos días» al que la chica contestó distraída. Joseph la estudió con disimulo. Tenía un aspecto desaliñado con sus ojeras, su gorro calado hasta las cejas, el pelo pajizo y un abrigo de lana pasado de moda. Le recordó a una niña desvalida en medio de una tormenta.

Observó que la chica se fijaba en su folleto.

— ¿Quieres verlo? —aventuró Joseph. La chica le miró con recelo. — Yo ya me lo he leído unas 200 veces —insistió.

La explicación pareció disipar sus dudas y cogió el folleto con cuidado.

—Gracias. La verdad es que no sé muy bien que esperar. Estoy algo nerviosa.

—No te preocupes, te aseguro que no notas nada cuando te ponen a soñar.

La chica le miró con renovado interés:

— ¿Cómo lo sabes?

—Aquí lo explican—dijo, Joseph señalando el folleto—Primero te duermen con anestesia y te llenan la cabeza de electrodos. Luego te meten en una cámara llena de líquido y te mantienen en estado de suspensión. Los electrodos llevan impulsos al cerebro para crear la simulación. El líquido es para que tu cuerpo se conserve. Ah, y te alimentan por una sonda. Dicen que es lo más parecido a estar soñando en el vientre materno.

En realidad los conocimientos de Joseph sobre proceso iban más allá del folleto. Había leído muchos artículos sobre el tema desde que el año pasado se dio luz verde al uso de la Máquina  del Sueño (no sin que antes hubiese un acalorado debate público).

— ¿Y no sabes que estás  soñando? —pregunto la chica.

—No, es lo que llaman un sueño lúcido; una ficción tan elaborada que no puede distinguirse de la realidad. Una nueva vida… —Hizo una pausa—: ¿Cómo te llamas?

—Beth

—Bonito nombre

La chica se sonrojó un poco:

—Gracias

—Yo me llamo Joseph

—Encantada

Se miraron en silencio. En circunstancias normales Joseph le habría dado dos besos o al menos un apretón de manos. Pero una sala de espera no parecía el mejor lugar para eso.

Los números del luminoso apenas se habían movido desde la llegada de Joseph. Los minutos se estiraban.

— ¿Cómo quieres que sea tu sueño, Beth? —dijo por matar el tiempo.

Beth esbozó una expresión soñadora:

—Quiero ser bailarina y vivir en París. Me gustaría viajar por un montón de sitios dónde nunca he estado ¿Crees que se podrá?

—Claro, no hay límites. Recuerda que es un sueño, y en los sueños puede pasar cualquier cosa. Conozco a un tipo que decidió vivir el mismo día una y otra vez.

— ¿Qué aburrido, no?

— No, porque para él cada día es nuevo, no recuerda nada del anterior.

—Vaya, es un poco triste si lo piensas.

— ¿Por qué lo dices?

—Se empeña en repetir el mismo día una y otra vez, y renuncia a un montón de cosas que podría vivir.

Joseph se encogió de hombros.

—Bueno, es su elección. Nosotros también vamos a renunciar a nuestra vida para disfrutar de una ilusión.

—Una ilusión… —repitió Beth saboreando la palabra.

Se quedaron los dos pensativos. Una idea fugaz cruzó la mente de Joseph.

— ¿Te has dado cuenta de que esta es la última vez que hablamos con una persona real? En cuanto nos duerman allí —movió la cabeza hacia la consulta— todas nuestras conversaciones serán imaginadas.

Beth hizo un mohín. La idea parecía entristecerle.

—Bueno, lo cierto es que no he tenido demasiadas conversaciones memorables en la vida real.

—Pero habrá algo que vayas a echar de menos.

La chica meditó durante unos segundos.

—Tienes razón —admitió finalmente—, supongo que echaré de menos algunas cosas del mundo real.

— ¿Cómo qué? —preguntó Joseph con interés

—Bueno, te parecerá una tontería…

—No, adelante.

—Echaré de menos el sabor de la mermelada, es mi sabor favorito desde que era pequeña. He leído que aún no han conseguido imitarlo en los sueños.

—Sí, es una pena… —concedió él.

De pronto las cejas de Joseph se alzaron violentamente.

— ¡Se me ocurre algo! Faltan por lo menos un par de horas para que llegue nuestro turno, y conozco un sitio aquí al lado donde te ponen una cheese cake con mermelada para chuparse los dedos. ¿Qué te parece si vamos?

Beth sonrió por primera vez:

—Claro, es una buena idea—. A Joseph le pareció que la sonrisa iluminaba por completo sus facciones, suavizando las líneas del rostro. “En realidad es una chica bastante bonita”, pensó.

—Pues vamos — dijo Joseph devolviendo la sonrisa.

Salieron a la calle; una manta de aire fresco les azotó la cara. Pero fue una sensación más estimulante que desagradable. Era bueno estar allí fuera; era bueno estar vivos. Y cuando sus números aparecieron en el letrero luminoso de la consulta, nadie acudió a la llamada.

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