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Noche de perros

«¿Atacamos ya, mi Señor?» «Aún no, esperad mi señal». Balto, un enorme perro mestizo de pelo claro, volvió a su posición entre las sombras  y Ventisca se quedó olfateando el horizonte. El sol había empezado a ocultarse entre las lejanas montañas. Desde su privilegiado punto de observación en aquella colina a las afueras, Ventisca observaba la ciudad con expectación.

Estaba esperando que pasase algo, o más bien que no pasase. Y así fue, cuando el último rayo de sol rasgó el cielo, la ciudad quedó completamente a oscuras. No se divisaba ninguna luz, a pesar de que las farolas deberían haberse encendido hace rato.

Detrás la manada aguardaba, en respetuoso silencio, las ordenes de su líder. Pero cuando en el cielo se empezó a escuchar el revoloteo de decenas de pájaros, desde las filas caninas se elevó algún que otro gruñido y Ventisca tuvo que poner orden.

Uno de los pájaros se separó del grupo y empezó a dar vueltas alrededor de Ventisca, hasta posarse justo enfrente de él. «Saludos, Sori, veo que los tuyos han cumplido bien su misión», saludó Ventisca. Sori inclinó el pico a modo de saludo. «Así es, destruimos todo cable, antena, luz artificial y máquina que vimos a nuestro paso, aún a coste de nuestras propias vidas. Ahora mismo se encuentran incomunicados y a oscuras. Deberíais haberles visto, ¡estaban furiosos! Hemos hecho lo que nos pedisteis, espero que recordéis vuestro trato: ningún perro volverá a perseguir a un pájaro, ni siquiera por diversión».

Ventisca asintió satisfecho y dio las gracias a Sori, prometiéndole guardar el juramento. Las cosas estaban saliendo justo como las habían planeado. Sin luz y sin maquinas, los hombres habían perdido la principal razón de su predominio sobre los animales. Ahora solo podrían luchar con su instinto, algo que habían perdido hace ya tiempo y en lo que los perros les llevaban mucha ventaja.

Todo estaba listo. Era el momento de atacar aprovechando la confusión que sin duda reinaba entre aquella enorme mole de edificios. Echó un vistazo a los centenares de perros que se agolpaban impacientes a sus espaldas. Se sintió en la obligación de decir unas palabras.

«Hermanos, durante mucho tiempo hemos vivido como esclavos, pero ha llegado el momento de romper nuestras correas. Esta noche la era del Hombre llega a su fin. ¡Esta noche todo lo que han construido se derrumbará, y de las cenizas de su civilización surgirá un nuevo mundo!». La manada respondió a su arenga con un coro de ladridos y cuando Ventisca se lanzó corriendo ladera abajo rumbo a la ciudad, todos los perros le siguieron.

Durante unos minutos, en la ciudad solo se escucharon ladridos ensordecedores. Más tarde empezaron a unirse a ellos los gritos humanos, sobresaltados al principio, aterrorizados después. Gritos y ladridos compitieron en intensidad pero pronto los gritos comenzaron a acallarse y solo quedó un coro victorioso de ladridos. Luego hasta los ladridos cesaron y todo quedó en silencio.

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