Relatos

Primera cita

Miro el reloj una vez más. Pasan un par de minutos de las 8 y, aunque aún es pronto, empiezo a pensar que quizás no venga. Después de todo es normal que uno de los dos se eche para atrás en este tipo de citas. Miedo escénico, lo llaman. Yo mismo me he escabullido en alguna ocasión cuando no las tenía todas conmigo. Sin embargo, hoy me jodería quedarme sin plan.

Esta noche tengo ganas de acción.

Es por ello que respiro aliviado cuando veo a Sandra aparecer entre la multitud de cabezas que salen de la boca del intercambiador. A primera vista parece algo más baja que en las fotos que me mandó por WhatsApp, pero por el resto es casi igual a la imagen que tenía de ella. Cuando me ve hace un gesto con la mano y se acerca sonriendo con timidez y, antes de darnos dos besos, pide disculpas por el retraso. “Problemas en el metro”, dice. En la esquina en la que estoy plantado hay varias colillas por el suelo. Para romper el hielo bromeo diciendo que son todas mías, por los nervios. Ella ríe mostrando una hilera de dientes blancos y rectos.

La verdad es que Sandra no está mal. Tiene una cara mona y unos bonitos ojos almendrados. La melena castaña le cae casi hasta los hombros, justo como a mí me gusta. Le miro disimuladamente los pechos, que no son grandes (una pena) pero al menos parecen firmes y bien formados. A nuestra cita ha traído un vestido largo negro con estampado de flores, zapatos de medio tacón también negros y medias. Al fijarme en ellas no puedo evitar imaginarlas alrededor de su cuello.

Pero ya habrá tiempo para eso.

Sin dejar de sonreír le pregunto si nos ponemos en marcha. Tengo entradas para una obra de teatro y la función no tardará en comenzar. Echamos a andar calle abajo; dejo que sea la primera en moverse para poder echar un vistazo a su culo. Lo tiene algo caído, señal de que no hace demasiado ejercicio. No importa demasiado, yo siempre fui más de pechos.

Durante el camino Sandra parlotea nerviosa. Como me había dicho cuando chateábamos, se ha trasladado hace poco a la ciudad para continuar sus estudios de fisioterapia y aún no conoce a nadie aquí. En estos primeros compases dejo que lleve ella el peso de la conversación, yo sonrío, asiento, pregunto y anoto mentalmente; por ese orden. Si algo he aprendido de mis otras citas es que es importante mostrar interés.

Llegamos por fin al teatro y entramos en la sala. Nos acomodamos en nuestras butacas, estratégicamente situadas en las últimas filas. La obra –una comedia romántica– resulta predecible, ñoña y falta de ritmo, pero a Sandra parece gustarle y yo aprovecho para hacer las primeras incursiones. Así que busco su mano en la oscuridad y sobre ella empiezo a dibujar líneas invisibles con el dedo; un truquito que aprendí de mis primeros magreos en el cine. Al notar como se estremece ligeramente, me envalentono y le pongo la mano en la rodilla. Ella no se aparta ante el contacto, buena señal.

A la salida del teatro comentamos lo entretenida que era la obra y lo bien que lo hacían todos los actores. Sandra dice que tiene algo de frio, momento que aprovecho para rodearla con mis brazos y plantar el primer beso en sus labios. Una vez más, no se resiste. “¿Mejor así?”. Ella sonríe y asiente; luego pregunta dónde vamos ahora. Le propongo tomar unas copas en un pub que conozco y que está aquí al lado. Ella accede.

Viendo cómo me mira mientras paseamos (cogidos de la mano), no hay que ser un genio para descubrir que a Sandra le he causado una buena impresión. No me extraña, sé perfectamente la clase de hombres que le gustan a las chicas como ella; y aunque no soy uno de ellos, he aprendido a disimularlo bastante bien.

El pub está iluminado tenuemente y la música suena a un volumen aceptable. Un buen sitio para charlar y seguir conociéndose. Pedimos un par de mojitos y Sandra me pide que le hable más de mí. Hago memoria, ¿le dije que era informático, médico o tal vez abogado? Estoy seguro que informático, así que le explico lo mucho que me gusta mi trabajo, aunque a veces  resulta un poco estresante. Ella escucha con interés. Hablo sobre mi pasión por los animales y le enseño una foto de un gato adorable que me bajé de internet esta mañana. Le digo que se llama Mr. Biscuit y que le encanta acurrucarse en mi sofá (deja escapar un “ohh, que monada”). Le cuento también que estoy harto de rollos de una noche y que busco algo de estabilidad. Cuando digo esto, Sandra mueve la cabeza como diciendo, “no sabes cómo te entiendo”. Ya la tengo casi en el bote, pero no quiero saltar las barreras sino eliminarlas por completo.

Por ello cuando nos acabamos los mojitos, pido otra ronda y después unos chupitos de tequila. El alcohol no tarda en hacer su efecto, lo noto en sus risillas de idiota y en como la conversación se llena de insinuaciones mal disimuladas. Yo también siento el subidón de adrenalina, la bestia primitiva que todos llevamos dentro lucha por salir, pero no es el mejor lugar para eso. Así que tras consultar mi reloj, propongo movernos a un sitio “más tranquilo”.

“¿Y qué tal si vamos a mi casa?”, dice Sandra. La invitación me sorprende, no pensaba que fuese una chica tan lanzada. Normalmente llevo a mis citas a cualquier descampado donde nadie pueda molestarnos (ni oír sus gritos). La idea de hacerlo bajo techo me seduce, pero antes de aceptar tengo que hacer algunas preguntas.

Según me dice, vive sola en una pequeñita casa que ha alquilado a las afueras. Perfecto, sencillamente perfecto. Salimos del garito y pedimos un taxi. Mientras esperamos nos enrollamos como dos adolescentes. Sandra no besa del todo mal y la forma en la que frota sus caderas contra mí me pone a mil. Tengo que hacer auténticos esfuerzos para  controlarme y no estrangularla ahí mismo. Por suerte el taxi no tarda en llegar.

Durante el trayecto pienso en qué hacer a la mañana siguiente. Me pregunto si será mejor dejar el cuerpo en la casa o intentar sacarlo de algún modo. Si tiene un cuchillo lo suficientemente afilado tal vez pueda despedazar su cadáver y meterlo en el congelador. Allí se conservará fresco y libre de olores.

Llegamos por fin a su calle. Efectivamente el lugar queda muy retirado del centro y parece bastante vacío. Sandra me explica que es una zona de chalets y que solo suele haber gente en verano. Ahora estamos en temporada baja y la ocupación cae en picado, como los alquileres.

Pago al taxista y nos dirigimos con paso rápido a la casa. Desde luego no parece el mejor lugar para que una mujer viva sola. A la vista de cómo se están desarrollando los acontecimientos no sé si Sandra es una temeraria o simplemente una idiota; por lo que conozco de ella, me inclino por lo segundo. La casa es pequeña y tiene un solo piso, además huele mal. No es que me preocupe. He hecho cosas peores en lugares peores.

Sandra me lleva al salón y me pide que me siente mientras va a preparar unos mojitos. Observo como desaparece por el pasillo y espero un par de minutos antes de seguirla. Entro con sigilo en la cocina. Sandra está enfrente de la encimera partiendo hielo con un picahielos y echando los trozos a un par de vasos de cubata. Tararea. Me acerco por detrás y la agarro por la cintura mientras me aprieto contra su trasero.

Es el momento.

Mi entrepierna palpita dolorosamente. Ella se gira y me mira directamente a los ojos, sonriendo. Mientras la beso con lujuria busco a tientas la navaja que siempre llevo en el bolsillo de atrás.

Hora de divertirse.

Pero Sandra es muy rápida. Antes de que tenga tiempo de reaccionar hunde el picahielos en mi cuello con un ágil movimiento. Grito, por la sorpresa y el dolor, pero mi garganta empieza a llenarse de sangre y solo consigo emitir un borboteo bastante desagradable. Me desplomo al suelo con estruendo.

Sandra me observa divertida. Su sonrisa se ha transformado en una mueca despiadada. Conozco esa expresión de psicópata, la he puesto un montón de veces delante de mis víctimas. Ahora me arrastra hasta su dormitorio, y mientras trata de ponerme sobre la cama no puedo evitar fijarme en los recortes de periódico que decoran las paredes: “Encuentran el cadáver de un hombre en el vertedero municipal”, “La asesina del picahielos vuelve a atacar”, “Sin pistas sobre la asesina del picahielos”, son algunos de los titulares. Finalmente consigue tumbarme boca arriba sobre el colchón. Entonces se sube a horcajadas sobre mí, picahielos en ristre y me susurra: “vamos a jugar un rato”.

Mi cuerpo se convierte en pura herida a medida que Sandra hace su trabajo; los nervios no dan abasto para hacer llegar tantas señales dolorosas al cerebro. Antes de perder la conciencia no puedo evitar pensar que esta vez sí he encontrado mi media naranja.

 

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