Relatos cortos

El tiro por la culata

Son las 11:50 y Thomas está terminando de recogerlo todo para largarse de allí pitando. Calcula que a partir de las 12 habrá momentos de confusión en la otra parte de la ciudad y quizás tarden un par de horas en ponerse tras su pista. Pero para entonces ya espera estar lo bastante lejos.

Está revisando por última vez los armarios para asegurarse de que no deja nada cuando alguien llama a la puerta de su habitación. Al momento, su respiración se acelera y de forma instintiva palpa el bulto duro en la cadera del pantalón. Se acerca a la entrada con cautela y atisba por la mirilla al intruso, esperando ver un uniforme policial.

El intruso lleva uniforme, pero no de la policía, sino de una empresa de mensajería. Extrañado, abre la puerta:

— ¿Qué quiere? —pregunta con voz ronca.

—Disculpe señor. —El mensajero parece algo atolondrado. A Thomas le suena su cara—. He venido esta mañana para recoger un paquete que quería enviar al 234 de Main Street, pero me temo que ha habido un problema.

Thomas se pone repentinamente tenso en cuanto escucha la alusión al paquete. Ahora sí recuerda a la perfección las facciones del hombre que esta mañana a las 9 había venido a recoger el paquete y llevarlo a su destino, donde tenía que estar a las 12 en punto.

— ¿Qué clase de problema? —inquiere con tono sombrío.

—Bueno —balbucea el mensajero—, el caso es que no he podido entregarlo. Hay un problema con la dirección, el destinatario ya no vive allí.

— ¿Ya no vive allí? —repite Thomas mecánicamente—.

—Sí —confirma el mensajero azorado—, parece ser que dejó el piso hace unos días.

— ¿Y qué han hecho con el paquete? —pregunta Thomas, el sudor amenazando con despegar la peluca y el bigote postizo que se ha puesto para evitar que le reconozcan.

—Bueno, lo que dice el protocolo en estos casos es que devolvamos el paquete al remitente, sin coste alguno, por supuesto. —Rebusca en la voluminosa bolsa que lleva colgando al hombro y saca un pequeño paquete rectangular que ofrece a Thomas con gesto de disculpa.

Thomas mira le echa un vistazo fugaz al reloj de pared que tiene detrás, las 11:58

— ¡Tira el paquete lo más lejos que puedas, rápido, y lárgate! —, grita, incapaz de disimular su nerviosismo—.

—Pero señor, no entiendo…

Thomas no puede reprimirse y saca la pistola escondida en el pantalón. Encañona al mensajero:

—¡¡Lanza el puto paquete, gilipollas, antes de que te pegue un tiro!!

El mensajero no espera a que se lo repitan dos veces, sale corriendo tan atropelladamente que el paquete se le cae de las manos y aterriza a los pies de Thomas. Éste está a punto de salir corriendo detrás cuando en el reloj de pared dan las 12.

Con puntualidad británica, el mecanismo de relojería que esconde el paquete se pone en marcha y activa el detonador de la bomba. Le explosión engulle a Thomas, matándole en el instante y destrozando la habitación por completo.

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