Relatos cortos

Tribulaciones de un peatón

Ese momento en el que estás a punto de cruzar por un paso de cebra y la luz verde del semáforo empieza a parpadear. ¿Cuánto tiempo queda para que pase al rojo? Resulta imposible saberlo, salvo que sea uno de esos semáforos modernos que vienen con una cuenta atrás; pero no es el caso…

Me encuentro ahora mismo en esa encrucijada vital, sin saber si apresurarme y llegar a la otra acera antes de que el semáforo se cierre definitivamente o esperar a la próxima oportunidad. En otras ocasiones habría apostado sin dudarlo por la segunda opción, pero lo cierto es que llevo algo de prisa y no quiero llegar tarde. Pero por otro lado, si cruzo ahora corro el riesgo de que el semáforo se ponga en rojo y yo me quede atrapado entre el tráfico.

No sé qué hacer, estoy indeciso. Encuentro razones de peso tanto para cruzar ahora como para no hacerlo. Me balanceo mientras mis aguardan a que el cerebro dé la orden definitiva.

Realmente tengo prisa, y cada segundo que pasa no hace más que alimentar esa sensación de urgencia, pero también de peligro inminente. ¿Me llevaría mucho tiempo esperar al siguiente semáforo en verde? No tengo ni idea, ni modo de averiguarlo; seguro que como mucho serían un par de minutos. Se podría tolerar sin problemas, de hecho ya estoy pensando en excusas que justifiquen ese leve retraso.

Sin embargo, ¿qué diría eso de mí? Nada bueno, sin duda. Una persona que no se atreve a cruzar cuándo el semáforo aún está en verde es alguien que deja pasar la oportunidad, que no se arriesga, que se acobarda: un indeciso.

Imperdonable. Yo nunca he sido una persona indecisa, ¿o tal vez sí? En cualquier caso, no voy a serlo ahora.

Con firme determinación adelanto un pie, luego el otro y empiezo un apresurado camino hacia la otra acera. Apenas he andado un par de zancadas sobre el paso de cebra, el semáforo cambia por fin a rojo. Ya ni me planteo retroceder, corro hacia delante esprintando a ciegas, pero mi carrera termina bruscamente cuando un coche, sin duda el primero que ha decidido arrancar, me arrolla.

Me encuentro tirado en medio del paso de cebra y veo como la gente enseguida se acerca hacía mí preocupándose por mi estado. Me preguntan cómo estoy y hablan de llamar a una ambulancia. Yo niego con la cabeza y hago señales furiosas para que me ayuden a llegar a la otra acera. Solo quiero que se respete mi decisión.

 

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