Relatos

Un caso de desahucio

un caso de deshaucio

A las 10:00h del 28 de octubre el secretario judicial Pedro Pacheco se personó en el número 34 de la calle Alambique escoltado por cuatro agentes de la Policía Nacional, un cerrajero, una médium y un cura. A la puerta esperaba el señor Esteban Cajal, representante legal del banco, que asistía para velar por los intereses de sus clientes.

La presencia de la médium y el cura había sido requerida por la propia entidad bancaria, a tenor de las inusuales circunstancias que rodeaban el desahucio. A saber, el piso que se iba a “desalojar” pertenecía a la señora Francisca Ramos (Paquita, como la llamaban en el barrio) que había muerto a los 77 años por causas naturales (fulminada por un rayo mientras tendía la colada). En el momento del siniestro a la difunta aún le quedaban cuatro años para liquidar la hipoteca, y ante la imposibilidad de los familiares de hacerse cargo de los pagos, el banco había ejercido su derecho a quedarse con el inmueble para saldar deudas.

El problema vino cuando los representantes del banco quisieron entra al piso para ver en qué estado se encontraba. En cuánto entraron empezaron a pasar cosas raras. La luz iba y venía, de los grifos salía agua sin que nadie los abriera; se escuchaban golpes en el pasillo, cuadros se descolgaban y caían al suelo… Cosas que les hicieron salir por piernas con los pelos de punta, diciendo que la casa estaba encantada. Pronto se extendió el rumor de que el fantasma de Paquita se negaba a abandonar la casa en la que había vivido durante casi cuarenta años.

Problemas extraordinarios requieren soluciones extraordinarias y, tras acudir a los tribunales, el banco consiguió que se dictara una orden de desahucio contra el presunto fantasma. Fue una sentencia que sentaba precedente y en la cual razonaba la Justicia que incluso después de muerto uno debía acatar la ley española, y que de acuerdo a esa ley el banco era el legítimo propietario de la vivienda.

Así pues, ahora la comisión judicial se disponía a ejecutar la sentencia, para lo que confiaban en la presencia de la médium y también del cura, que en su juventud se había interesado por todo lo relacionado con espíritus y exorcismos.

Tras los saludos de rigor, Cajal entregó las llaves del portal al secretario Pacheco.

–Bien –dijo Pacheco mientras abría la puerta del edificio–, espero que la cosa vaya tranquila. De momento no hay ni rastro de los de la PAH. La última vez que se presentaron a un desahucio me lanzaron huevos. ¡Huevos! Una americana a la basura; mi mujer se puso hecha una furia. –Luego se dirigió a la medium– ¿Sonsoles, nota usted algo?

Sonsoles pidió silencio y se llevó las manos al turbante con gesto teatral. Cerró los ojos, manteniéndose en una especie de trance místico durante casi dos minutos.

–No estamos solos –dijo cuando finalmente volvió a abrir los ojos–. Varias presencias nos acompañan esta mañana…

– ¿Y percibe algo más? –se interesó el abogado Cajal.

–Sí –respondió Sonsoles–, Isabel Pantoja encontrará un nuevo amor.

– ¿A sus años?, ¿alguien del mundo del toreo quizás?

–Por favor, señores –terció el cura–, ¿podemos darnos prisa? Hoy aún tengo un bautizo y dos bodas.

–Está bien –dijo Pacheco–. Subamos.

El edificio, de renta antigua, no tenía ascensor; subieron por la angosta escalera casi en fila de a uno. En el aire se palpaban la tensión y el olor a fritanga. Por fin llegaron a al cuarto piso, dónde el secretario judicial se acercó a la puerta del 4ºB y llamó al timbre un par de veces. Como era de esperar no hubo respuesta.

Repitió el gesto una vez más (solo por asegurarse) con idéntico resultado. Después sacó unos papeles de su maletín, se puso las gafas de cerca, carraspeó para aclarar la garganta y con voz ceremoniosa empezó a leer en voz alta:

“De acuerdo a la sentencia del Juzgado de Instrucción Nº5, procedemos a la ejecución del expediente de desahucio GJKDS84 referente al inmueble situado en Calle Alambique, nº 34, 4ºB”.

Una vez terminado el breve trámite, indicó al cerrajero que abriera la puerta. Éste lo hizo sin demasiadas dificultades, ya que la madera estaba carcomida y la cerradura apenas cumplía su función.

En cuanto la puerta se abrió, una vaharada de aire pestilente azotó la cara de los presentes.

– ¡Qué pestazo! –Exclamó el abogado–. Pensé que ya se habían llevado el cadáver.

–Y así es –respondió Pacheco–, pero se ve que la señora Ramos, que en paz descanse, era un Diógenes de manual. Los basureros aún no se han atrevido a entrar para limpiar un poco.

Lo cierto es que no costaba adivinar el Diógenes de la señora Ramos viendo como ya en el hall de entrada se acumulaban varias sillas viejas y otros muebles medio desbaratados. La cosa era aún peor en el pasillo, donde tuppers, ceniceros, cartones, servilleteros, mecheros, velas aromáticas, tapacubos y otros objetos a los que la inmundicia no dejaba identificar con claridad casi tapaban el suelo.

Avanzando con cautela, el grupo llegó hasta el pequeño salón. En la estancia, igual de sucia que el resto de la casa, había un sofá lleno de revistas, una mecedora, una mesa de madera hecha unos zorros y un viejo televisor con unas cuantas figuritas de porcelana encima. En cuanto entraron en la estancia la mecedora empezó a balancearse como movida por un peso invisible, al tiempo que el televisor se encendía y Ana Rosa Quintana aparecía en pantalla.

Todo el grupo se sobresaltó, especialmente los policías, que echaron mano a sus porras de antidisturbios.

–Está aquí –declaró la médium con solemnidad.

– Ya nos hemos dado cuenta –dijo el secretario Pacheco–. ¿Y qué quiere?

–Dice que ver cómo fue vestida La Pantoja a la boda de Paquirrín.

–Dejémonos de tonterías –intervino Cajal agitando una mano–, dígale que debe abandonar la casa, que hay una sentencia judicial que le obliga.

–Dígaselo usted, la señora está muerta pero no sorda.

El abogado Cajal asintió de mala gana y dirigiéndose hacia la mecedora, se expresó en los siguientes términos:

– Señora Ramos, le acompaño en el sentimiento y espero que consiga reponerse pronto del golpe. Sin embargo, su trágico fallecimiento tuvo lugar cuando aún quedaban cuatro años para satisfacer las cuotas de la hipoteca que tenía contratada con el banco. Por tanto, y dado que su, ejem, nueva situación la incapacita para hacer frente a los pagos restantes, nos vemos en la obligación de embargar este inmueble para saldar la deuda. Rogamos que lo entienda y abandone la vivienda lo antes posible.

Acabado el parlamento, el abogado miró a la médium con expresión interrogativa:

– ¿Ha dicho algo?

–Sí, se ha cagado en sus muertos. En los de usted, no en los suyos.

– ¡Vieja bruja! –Exclamó el abogado visiblemente airado, y se dirigió hacia la mecedora con quién sabe qué intenciones. Una figurita de flamenco de las que había encima del televisor salió volando por los aires y le acertó en plena calva–. ¡Policía, me agreden!

Los policías acudieron raudos a inmovilizar a la flamenca y establecer un perímetro de seguridad, cosa difícil dada las reducidas dimensiones del salón. El secretario judicial se acercó con los brazos en alto para poner algo de calma.

–Padre, por favor –le dijo al cura–, dígale usted algo, seguro que le hace caso.

Aunque a la señora Ramos no era una de esas beatas de misa diaria, ni se le había conocido en vida un gran fervor religioso, si solía participar en las obras de caridad de la Iglesia, llevando a los pobres yogures y otros alimentos a puntos de caducar. Así pues, el cura había tenido cierto trato con ella.

–Hermana Paquita –empezó a decir dirigiéndose también a la mecedora–. Sé que siempre es difícil dar el paso, pero debes asimilar que tu tiempo entre nosotros ha llegado a su fin. Abandona este lugar y vuela libre hacía el cielo. Dios te espera en su infinita bondad, Paquita. Muy pronto le verás y gozarás de su divina presencia.

–Dice que ya le ha visto… –interrumpió la médium.

– ¿Sí? –repuso el cura, incrédulo.

–Los cojones al obispo. Perdón es que no me ha dejado terminar.

El cura enrojeció:– ¡Blasfema! – Y sin pensárselo dos veces se puso a rociar la mecedora con agua bendita al tiempo mientras rezaba en latín.

A Paquita no debió hacerle gracia aquella ceremonia porque se elevaron otras dos figuritas del televisor y una mano invisible las lanzó hacía al cura, que las esquivó como pudo lanzando una expresión poco cristiana.

Visto lo visto, el secretario judicial Pacheco se sintió en la obligación de tomar las riendas de la situación. Había participado en decenas de desahucios y todos le consideraban un tipo con mucha mano izquierda. Una especie de cara amable. Apartando cuidadosamente unos ejemplares atrasados del Pronto, tomó asiento en el sofá que había al lado de la mecedora y habló con su tono más conciliador:

–Señora Ramos, Paquita. Todos lamentamos mucho su situación, y estamos intentando ayudarle. Pero ahora mismo hay una sentencia judicial para que abandone el piso y la Ley es la Ley. Entienda que su actitud no beneficia a nadie e inquieta sobremanera a su familia. Su hija Angelines, por ejemplo, está muy preocupada…

La mención a su hija pareció encender los ánimos del fantasma de Paquita, porque el resto de las figuritas de la tele salieron disparadas contra el grupo. Pacheco tuvo que echarse cuerpo a tierra para que un torero no le diese en pleno rostro.

–Está bien -dijo el secretario judicial con el rostro desencajado pero el tono enérgico–. Lo hemos intentado por las buenas, pero no nos queda otra opción. ¡Agentes, procedan con el desahucio!

Los policías respondieron como un solo hombre. Dos de ellos agarraron la mecedora para sacarla del salón y llevársela a la calle, otro fue a desenchufar la tele y el cuarto, porra en ristre, empezó a golpear al aire esperando derribar a la invisible presencia con alguno de sus embates.

–Ehm… Creo que no deberían hacer eso –dijo la médium–, Paquita, se está poniendo furiosa…

Nadie le hizo caso, pero de pronto las luces del salón empezaron a encenderse y apagarse como en un after. A renglón seguido se abrieron todas las ventanas con gran estrépito y el volumen del televisor subió muy por encima de lo aceptable, creando una auténtica cacofonía de luces y sonidos que hizo que todos se tuviesen que tapar los oídos y bajar la vista.

Por si los efectos especiales fueran poco, la puerta del pasillo se abrió de golpe y una auténtica lluvia de objetos se abatió sobre los atónitos y aterrados espectadores. Había latas de sopa caducada, catálogos de compra, imanes de nevera y otras muchas baratijas almacenadas durante años de demencia. La confusión era total mientras todos tropezaban chocando unos con otros al tiempo que intentaban protegerse del fantasmal bombardeo.

¡¡Está bien!! –Bramó el secretario judicial para hacerse oír por encima de aquel guirigay–. ¡¡Se suspende el desahucio hasta nuevo aviso!!

Todos salieron en tromba del salón, atravesaron el pasillo a la carrera y escaparon del piso como alma que lleva el diablo. A los pocos segundos el estrépito cesó abruptamente mientras la puerta de entrada se cerró con suavidad. En el interior de la casa ya solo se oía el relajante sonido de una mecedora y la voz de Ana Rosa contando todos los detalles de la boda de Paquirrín.

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