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Escritor Fantasma

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Un cuento de campaña

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Tomás y Samuel eran amigos desde la universidad. Como buenos camaradas,  compartían varias aficiones, pero la más destacable era dar largos paseos sin destino aparente. Durante el transcurso de estos paseos se entretenían debatiendo sobre lo divino y lo humano, siendo uno de los temas favoritos de Samuel la situación política del país. Tomás, por su parte, no era muy partidario de meterse en esos asuntos y se consideraba apolítico.

Lo que más reprochaba Samuel a su amigo era no ir a votar nunca. Sostenía que Tomás -como joven recién graduado y en paro- era uno de los más afectados por los desmanes del Gobierno; y que ese era motivo suficiente para acudir a las urnas a echar a quien tanto le perjudicaba. Se escudaba Tomás en que igual daba un voto más que menos, que una gota no hacía océano y que todos los partidos eran iguales, ya fueran de derechas o de izquierdas, de los nuevos o de los viejos.

En estas andaban un sábado que justo era víspera de Elecciones Municipales y Autonómicas. Iba Samuel despotricando sobre la política municipal con las siguientes razones:

 −… y me pregunto cómo es que no habrá dinero para escuelas y hospitales cuando se gastan un dineral en hacer propaganda del Metro.

−Tienes razón –concedió Tomas−, y encima el servicio es cada vez peor. Veinte minutos estuve esperando el otro día en el andén.

−Lo peor de todo es que mañana habrá gente que les siga votando. Espero que ayudes a echar a esa panda de corruptos e incompetentes.

Tomás se encogió de hombros.

−No les votaré, ni a ellos ni a ninguno. Creo que todos los partidos se corrompen cuando alcanzan el poder, así que prefiero  no darle un cheque en blanco a nadie.

− ¿Dejarás que otros decidan por ti? –preguntó Samuel con tono puntilloso.

−Ningún partido cumple sus promesas, así que los votantes son los primeros engañados –razonó Tomás−. Ya sabes que si mañana me quedo en casa es porque sé que nada cambiará mi voto y que pasado todo seguirá igual, o peor si me apuras.

Así siguieron debatiendo un rato largo hasta que al fin se despidieron cortésmente y cada uno se fue a su hogar.

Al llegar a casa, Tomás se quedó un rato viendo la tele antes de decidir que ya era hora de dormir. Con el pijama puesto y un vaso de agua en la mesilla de noche, se acostó en su cama. Apenas había cerrado los ojos cuando sintió unos golpes en la ventana. Pensó que era el viento, y volvió a cerrar los ojos. Pero los golpes se repitieron, esta vez con más fuerza y no pudiendo aguantar la curiosidad, salió de la cama para ver la causa de semejante ruido.

Se acercó a la ventana y encendió la luz. Cuál fue su asombro cuando al otro lado del cristal vio a un niño que insistentemente golpeaba la ventana con el puño. Más sorprendido que asustado, Tomás retrocedió un par de pasos. Aparentemente el niño se impacientó todavía más y, no esperando que nadie le abriese, entró en la habitación atravesando la ventana como si fuera lo haría un espectro.

−Buenas noches –se presentó el niño haciendo una ligera reverencia−, soy el fantasma de las elecciones pasadas.

Tomás intentó sobreponerse a la impresión y acertó a decir:

−Niño, ¿quién eres y que haces aquí? Será mejor que te vayas enseguida o tendré que llamar a la policía. ¡Rápido!

El niño sonrió.

−Mi nombre ya te lo he dicho, soy el fantasma de las elecciones pasadas, y he venido para enseñarte el valor de un voto.

− ¿El valor de un voto? –repitió Tomás−. ¿No será esta una broma de mi amigo Samuel? –Empezó a buscar por la habitación−. ¡Samuel, sal de dónde estés! Esto no tiene gracia, ¡acaba con la bufonada!

−Tu amigo Samuel no tiene nada que ver en esto−, replicó el fantasma−. Pero dejémonos de cháchara, son muchas las cosas que tienes que ver y poco el tiempo que tenemos. ¡Vámonos!

Y cogiendo a Tomás por el brazo sin que este acertase a decir ni una palabra, lo elevó por el aire como si fuese una pluma y lo sacó por la ventana, atravesando el cristal limpiamente una vez más. Tomás cerró fuertemente los ojos y al abrirlos se encontró volando por los aires sin comerlo ni beberlo. No solo eso, sino que el sol estaba en lo más alto del cielo, cuando hace apenas unos instantes era noche cerrada.

− ¿¡Qué es esto!? ¿¡Dónde me llevas!? –gritó entre asustado y furioso, pero sin atreverse a moverse demasiado, por no caerse.

El fantasma de las elecciones pasadas giró la cabeza y le miró con una sonrisa burlona:

−Vamos a dar una vuelta por tu pasado.

− ¿Mi pasado? –preguntó Tomás alarmado.

Sin más respuesta descendieron de forma abrupta y entonces Tomas pudo ver con más claridad que aún se encontraban en su ciudad y cerca de su casa, si bien algunas calles parecían más viejas. Siguieron bajando y cuando estaban a escasos metros del suelo el fantasma de las elecciones pasadas le señaló a un chico que andaba alegremente por la calle. Para su sorpresa, Tomás lo reconoció. ¿Cómo no, si se trataba de él mismo pero varios años más joven?

− ¿Qué diablos es esto? –gimió Tomás− ¡Quiero volver a casa ahora mismo!

Ignorando sus suplicas, el fantasma de las elecciones pasadas empezó a hablar mientras seguían a la versión joven de Tomás.

− ¿Recuerdas ese día? Fue la primera vez que acudiste a votar. ¡Mira con qué ilusión ibas al colegio electoral! –y es verdad que el joven Tomás iba tan sonriente con papeleta en la mano−. Así que en realidad no siempre has sido abstencionista. Votaste cuando pudiste hacerlo por primera vez, y lo hiciste con ilusión.

−Ahora lo recuerdo  −dijo Tomás, recobrando en parte la calma−. Yo era muy joven y pensé que aquello de votar servía para algo, pero pronto me di cuenta de que no.

Volvieron a ascender, elevándose por encima de los edificios. La voz del fantasma de las elecciones pasadas se volvió grave y un poco amenazante.

− ¿Con qué no, eh? Esta noche recibirás la visita de otros dos fantasmas. Espero que ellos tengan más suerte que yo. –Y tras decir esto soltó del brazo a Tomás, que cayó chillando.

Y cayó,

y cayó…

Y se despertó en su cama con un gran sobresalto. Todo había sido un sueño, pero tan vívido que aún le temblaban las piernas. Se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para refrescarse la cara. Pero cuando dio la luz del baño y se puso frente al espejo, el reflejo le devolvió la cara de alguien que no era él. Se trataba de un chico más o menos de su misma edad. El chico hizo una mueca, retrocedió unos pasos, tomo impulso ¡y saltó hacia delante atravesando el espejo!

−Buenas noches –se presentó aterrizando sobre las baldosas del cuarto de baño−, soy el fantasma de las elecciones presentes.

− ¿Qué clase de pesadilla es esta? –se desesperó Tomás−. ¿No podré dormir bien en toda la noche?

Desatendiendo sus lamentaciones, el fantasma de las elecciones presentes comenzó a hablar.

−Sostienes que nada puede cambiar con tu voto, así que he venido a enseñarte a quienes confían en lo contrario. Quizás así cambies de opinión.

El fantasma de las elecciones presentes chasqueó los dedos y Tomás se vio mágicamente transportado a una habitación en la que una pareja hablaba por videoconferencia con un joven. Tomás reconoció a la pareja como los señores Gómez, vecinos del piso de al lado.

−Ese chico con el que hablan es su hijo –dijo el fantasma −. Tuvo que emigrar a EE.UU ante la falta de oportunidades en este país. Mañana sus padres irán a votar con la esperanza de que pueda volver a casa.

El fantasma de las elecciones presentes chasqueó los dedos otra vez, y aparecieron en una cocina. Una mujer mayor rezaba el rosario. Tomás vio que era María, la vecina del cuarto.

−Tu vecina María reza todas las noches desde que le anunciaron que iban a echarla del piso −explicó el fantasma−. Ella fue una más de los afectados por la estafa de las preferentes. Perdió gran parte de sus ahorros y ahora no puede hacer frente al pago de lo que le queda de hipoteca. Mañana votará porque los gobernantes se preocupen más de socorrer a las personas que a los bancos.

Una vez más, el fantasma de las elecciones presentes chasqueó los dedos y el escenario cambió. Esta vez se encontraron en un dormitorio donde un hombre cuidaba de una anciana en silla de ruedas. Como bien pudo ver Tomás, se trataba de Juan y su madre Conchi, enferma de Alzheimer, que vivían justo en el piso de abajo.

−Juan tiene que cuidar de su madre a diario y sin que nadie le eche una mano –comentó el fantasma−. Y todo porque congelaron las ayudas a la dependencia. Mañana espera que su voto sirva para que la sanidad y el trato digno vuelvan a ser un derecho universal.

Por cuarta vez, el fantasma de las elecciones presentes chasqueó los dedos, y ahora no estaban en ninguna casa, sino a la entrada del portal. Vieron aparecer a un chico joven de aspecto cansado y vestido con el uniforme de una cadena de comida rápida. Se trataba de Raúl, un vecino del primer piso.

−Tu vecino Raúl está terminando la carrera –anunció el fantasma−. Antes tenía una beca para estudiar, pero la Comunidad las retiró y ahora tiene que trabajar todas las noches para poder continuar con sus estudios. Mañana irá a votar para disfrutar de una educación pública, gratuita y de calidad. –Hizo una pausa antes de volver a hablar− ¿Qué opinas de lo que te he enseñado? ¿No temes verte como alguno de tus vecinos?

Tomás quedó apenado por la suerte de sus conocidos y su voz titubeaba un poco cuando respondió.

−Lamento las penurias de mis vecinos y entiendo que vayan a votar, pero no veo en que pueda beneficiarles yo con mi voto; y no creo que mi situación sea como la suya ni la vaya a ser en un futuro.

El fantasma de las elecciones presentes le miró gravemente.

− Así que crees que igual da votar que no votar y que en nada te perjudica tu abstención.  Quizás cambies de opinión, recuerda que aún recibirás la visita de un fantasma más esta noche. –Dicho lo cual chasqueó los dedos y el suelo desapareció bajo sus pies. Dando una gran grito, Tomás cayó.

Y cayó,

y cayó…

Y al abrir los ojos se encontró en su cama envuelto en sudores. Empezaba a dudar de su cordura y resolvió que era mejor no moverse en lo que quedaba de noche. Pero sus pensamientos pronto se vieron interrumpidos por unos fuertes golpes que salían del armario.

Tomás se levantó de la cama y se puso enfrente del armario. Casi sabiendo lo que iba a encontrar, abrió la puerta con sigilo. Dentro aguardaba un viejo que más tenía de momia que de persona. El decrepito anciano salió del armario con paso renqueante y dijo con voz de ultratumba:

−Soy el fantasma de las elecciones futuras.

Tomás, previendo lo que venía a continuación, suplicó:

− ¡Oh, espectro, ya me avisaron de tu llegada! ¡No perdamos tiempo y enséñame lo que has venido a mostrarme!

El fantasma de las elecciones futuras asintió de forma sombría. La habitación empezó a llenarse de una niebla espesa que en pocos segundos oscureció por completo la visión de Tomás. Luego empezó a retirarse y Tomás se vio de nuevo en su habitación. Pensó que nada había cambiado. pero entonces vio entrar a un hombre vestido de camarero. Tardó poco en darse cuenta  de que el hombre era él mismo con varios años de más. Impactado por la visión, le preguntó al fantasma:

− ¿Ese soy yo?

−Sí −dijo el fantasma−, tú dentro de diez años.

− ¿Y por qué voy vestido de camarero? –interrogó Tomás con perplejidad.

−Esa es tu profesión –respondió lacónicamente el fantasma.

Tomás se quedó mirando a su yo del futuro y su aspecto no le gustó demasiado. Parecía ojeroso y tenía los hombros caídos, como si llevase un gran peso encima. Salió de la habitación y le siguieron hasta el salón. Allí estaban viendo la tele los padres de Tomás, en quienes también se notaban los estragos de la edad.

− ¿Vivo aún con mis padres? –quiso saber Tomás−.

−No hay más remedio –afirmó el fantasma−. Ni tu sueldo da para independizarte ni tus padres sobrevivirían solo con su pensión. –Hizo una señal para que esperara−. Pero calla, parece que vas a decir algo.

Efectivamente, el Tomás del futuro se puso enfrente de sus padres y anunció:

−Me han vuelto a despedir−.

− ¿Otra vez? –se lamentaron sus padres.

−Sí, dicen que si hay suerte volverán a contratarme en verano, pero con sueldo reducido.

− ¡Impresentables! –maldijo el padre−. Desde que eliminaron la indemnización por despido y “flexibilizaron” el mercado laboral no hay quien encuentre nada estable. Suerte tuvo tu amigo Samuel cuando encontró aquel trabajo en Londres.

−Por cierto –intervino la madre− tu hermana vendrá mañana a quedarse una temporada. Dice que no la desahucian hasta el martes que viene, pero  que prefiere no quedarse a verlo. Si vieras como lloraba la pobre…

−Bueno, levantaremos cabeza −dijo el Tomás del futuro poniendo la mano sobre el hombro de su madre, aunque parecía tan desconsolado como ella−. Y ahora será mejor que nos vayamos, o llegaremos tarde al funeral de la señora Conchi.

Salieron los tres del salón y quedaron solos Tomás y el fantasma de las elecciones futuras. Tomás no dejaba de sacudir la cabeza, afectado por la escena que acababa de presenciar.

−No puede ser tanta desgracia junta –se lamentó−. Pero, ¿Cómo hemos llegado a esta situación?

−Es fácil de imaginar –respondió el fantasma con parsimonia−. Ocurre cuando la gente deja que otros decidan por ellos. No eres el único que se quedó en casa en vez de ir a votar. Muchos más hicieron lo mismo y como resultado pocos cambios hubo en los gobiernos autonómicos y municipales. Los de siempre siguieron robando con más o menos disimulo. Se descubrió que la tan cacareada recuperación consistía en que el ingeniero saliera del paro y empezase a trabajar de camarero. El desánimo cundió en la ciudadanía y la abstención fue batiendo records elección tras elección. La situación lejos de inquietar al Gobierno le dio alas, pues así tenían las manos libres para hacer y deshacer a su antojo. Poco a poco España se transformó en lo que podríamos llamar una república bananera: un sitio donde la corrupción campa a sus anchas, los ciudadanos tienen cada vez menos derechos y los principales ingresos vienen del turismo y el ladrillazo.

-¡Basta! –gritó Tomás−. Ya he visto suficiente. ¡Volvamos al presente, te lo ruego!

−Así sea −concedió el fantasma−. Pero recuerda todo lo que has visto y oído esta noche, y aprende una esta lección: no hay mayor enemigo del cambio que quien no cree que nada pueda cambiar.

La niebla volvió a inundarlo todo y al disiparse Tomás se encontró en un negro vacío; y cayó.

Y cayó,

y cayó…

Y al abrir los ojos apareció tumbado en la cama. Observó como ya la luz del día se filtraba por las ventanas. Lo primero que hizo fue mirar el reloj para comprobar que era domingo, el día de las elecciones. No se levantó inmediatamente, sino que se quedó un largo rato reflexionando sobre los sucesos de la noche. Recordó las últimas palabras del  fantasma de las elecciones futuras: no hay mayor enemigo del cambio que quien no cree que nada pueda cambiar. Vivido o soñado, aquello le había dado mucho en qué pensar. Finalmente llamó a su amigo Samuel y tras una breve conversación acordaron verse aquella misma mañana.

Quedaron en el colegio electoral donde ambos tenían que votar y ejercieron su derecho de  muy buena gana. Al salir, interrogó Samuel a su amigo sobre los motivos de tan repentino cambio de opinión.

Tomás sonrió afable.

−Pensé que una sola gota no hace océano, pero que el océano está hecho de gotas. ¿Y no dijo Platón que el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres? Pues yo, amigo mío, no quiero pagar ese precio.

Y como buenos amigos siguieron paseando, disfrutando del agradable clima de aquel domingo de mayo.

 

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