Steve despertó pasadas las 10. Los rayos de sol se filtraban a través de las persianas creando un curioso dibujo de rayas en la pared. Se desperezó, había tenido un sueño reparador. A su lado, Martha ya tenía los ojos abiertos.

—Buenos días, dormilón. ¿Cómo estás? —saludó Martha sonriente.

—Buenos días, cariño. Muy bien.

Y era verdad, aquella mañana se encontraba descansado y en forma. Se inclinó sobre la mujer, tumbada a su lado, y le besó fugazmente en los labios.

Cuando bajaron a la cocina, Jenna y John ya aguardaban impacientes, vestidos y todo. Quién sabe hace cuanto llevaban despiertos, a pesar de que aún les quedaba un par de semanas para volver al colegio.

Desayunaron juntos y repasaron los planes del día, esos que habían despertado a los niños antes de tiempo. Esa mañana tenían planeado ir al centro para ver una exposición de juguetes que vieron anunciada en el periódico local. Era un estupendo día de principios de septiembre, cuando aún se puede salir a la calle en manga corta sin pasar frio ni calor.

En la exposición los niños iban corriendo de juguete en juguete repartiendo “oohhhs” y “aahhhs” mientras sus padres les explicaban que era cada cosa y todos se lo pasaron como críos construyendo casas con bloques de lego en una de las salas. Cuando se cansaron de jugar aprovecharon la agradable temperatura para dar una vuelta.

Comieron en su restaurante favorito, una pizzería de dos plantas con decoración típicamente italiana. Steve y Martha pidieron pasta y los niños compartieron una pizza familiar de dos especialidades (John se burló de Jenna por pedir que su mitad fuese de hawaiana). A Steve siempre le había gustado la pasta de aquel lugar. Le recordaba a los tallarines que solía hacerle su madre.

Al volver a casa durmieron la siesta sin prisas. Era un placer que Steve no podía permitirse muy a menudo. Tumbado en la cama pudo sentir el frescor que irradiaba la piel de su esposa, parecía como si acabase de salir de una ducha.

Después de la siesta, Steve bajó a jugar un rato con sus hijos al jardín. John quería apuntarse al equipo de tenis cuándo empezará el curso, así que los tres estuvieron peloteando un rato usando las cuerdas del tendedero como red. Lo dejaron a eso de las 7 cuando en el cielo empezaron a formarse algunas nubes. Martha y Steve tenían entradas para un estreno en el Capitol.

Habían comprado entradas para ver un estreno aquella tarde, así que dejaron a sus hijos con unos vecinos y fueron al cine dando un paseo, disfrutando de la suave brisa que traía aires de tormenta. Sin duda más tarde llovería, aunque de momento el cielo ofrecía una tregua. La película les gustó, o al menos el rato que estuvieron viéndola, porque pasaron gran parte de la proyección entre caricias y arrumacos.

Cuando salieron del cine, la tormenta había estallado. Una fina lluvia les mojó la ropa y rieron mientras corrían a refugiarse en una cafetería. Pidieron chocolate con tortitas (“las mejores que he probado nunca”, declaró Steve), mientras charlaban animadamente.

Al llegar a casa ya era de noche. Acostaron a Jenna y John tras darles unos sándwiches para cenar. La casa quedó en silencio. Subieron al dormitorio e hicieron el amor tres veces. Al terminar cayeron exhaustos uno al lado del otro. Steve acercó los labios al oído de su mujer.

—Te quiero —susurró.

—Yo también te quiero, amor.

Los dos se quedaron un rato en silencio, con los ojos brillando en la oscuridad. Los sonidos de la noche veraniega parecían acunarles. El sueño llamaba a sus puertas.

Martha bostezó y se acurrucó contra el pecho de Steve:

—Ha sido un día perfecto, ¿verdad? Ojalá todos fueran así.

—Quizás demasiado, —respondió Steve sin saber muy bien por qué decía aquello.

— ¿Qué quieres decir?

—Bueno, yo…. —Iba a decir algo más pero de repente se sintió demasiado somnoliento para continuar. Cerró los ojos.

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Una lucecita roja se encendió en la oscuridad de la enorme sala. Dentro de la cabina de control, alguien dijo: <<reinicien la 32>>. Enseguida un técnico se acercó a la cámara de suspensión señalada con ese número. Comprobó las mediciones que aparecían en pantalla y manipuló los controles de la máquina. La lucecita pasó de rojo a azul. El hombre que flotaba en el interior de la cámara se agitó levemente. Tras sus párpados cerrados los ojos empezaron a moverse de forma acompasada.

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Steve despertó pasadas las 10. Los rayos de sol se filtraban a través de las persianas creando un curioso dibujo de rayas en la pared. Se desperezó, había tenido un sueño reparador. A su lado, Martha ya tenía los ojos abiertos….