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Escritor Fantasma

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Fin de la cita

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Eran las dos de la madrugada cuando el sonido de una sirena despertó a Mariano Rajoy de su plácido sueño. No era el despertador ni la alarma anti incendios, ni de hecho ninguna alarma que hubiese escuchado con anterioridad en la Moncloa. Su esposa Viri también había visto interrumpido su sueño por culpa del estruendo.

—¿Qué ocurre, Mariano? ¿Qué es esta escandalera?

—Qué me aspen si lo sé —repuso Mariano mientras buscaba a tientas sus gafas—. No te preocupes, iré a ver qué pasa.

Se calzó sus pantuflas y salió al pasillo en busca del responsable de seguridad. El sobresalto inicial se transformó en inquietud cuando vio que éste, que se acercaba a su encuentro a toda prisa; no venia solo, le acompañaba la mismísima vicepresidenta.

—¿Soraya, qué ocurre? ¿Ha pasado algo?

Soraya tenía el rostro circunspecto. Extendió los brazos en un gesto que quería ser a la vez tranquilizador y apremiante.

—Presidente, hay que salir de aquí. te explicaré por el camino, pero ahora tenemos que irnos.

— ¿Irnos, adonde? ¿Qué es esto? —Acertó a decir Rajoy, presa de la perplejidad—.

—No hay tiempo, presidente. La nube radiactiva no tardará mucho en llegar.

— ¿Nube radiactiva? ¿De qué hablas? ¿Y qué hay de Viri? ¡No voy a ningún lado sin ella!

—Tranquilo, presidente. También vamos a poner a salvo a tu familia, pero es crucial que salgamos ahora mismo.

Habían ido andando hasta la entrada mientras hablaban. Estaba abierta de par en par (como cuando había visita) y escoltada por un nutrido grupo de militares. Rajoy atisbó el exterior , un cielo lleno de nubarrones negros. Diluviaba.

—Está lloviendo, lloviendo mucho.

—No te preocupes por la lluvia, presidente.

Rajoy iba a reponer algo más, pero dos guardaespaldas le tomaron del brazo y salieron del palacio de la Moncloa casi a trompicones. La cosa se puso aún más desagradable, porque en el centro del jardín esperaba un helicóptero. Uno de los soldados abrió la puerta y el presidente se subió torpemente, lívido como un fantasma. Se preguntaba a qué vendría todo aquel despliegue de película de acción. ¿Un atentado? ¿El DAESH, la ETA, los anti-sistema de la CUP? Soraya había hablado de nube tóxica. Tal vez la siempre problemática contaminación madrileña se había desbocado del todo por la nefasta gestión de los podemitas.

Soraya se acomodó a su lado en el asiento y las aspas del helicóptero empezaron a girar. Rajoy trató de hacerse oír por encima del estrépito del despegue.

—Soraya, será mejor que me expliques que ocurre. ¿Adónde vamos? ¿Cómo me haces subir en helicóptero sabiendo lo que los odio?

—Lo siento, Mariano —dijo Soraya en tono conciliador—. Lamento haberte sacado de Moncloa de esta manera, pero el tiempo es de vital importancia.

—Está bien, Soraya, pero, por favor, dime ya qué pasa, que me tienes en ascuas.

—¿Recuerdas que Donald Trump prometió solucionar el problema de Corea del Norte? —Rajoy asintió—. Pues bien, hace dos horas Estados Unidos lanzó un ataque masivo sobre Pionyang. La ciudad ha quedado reducida a cenizas. Kim Jong-un ha reaccionado lanzando todo su arsenal nuclear contra Washintong. Trump ha hecho lo propio con sus misiles nucleares y, bueno, para resumir: el este de Asía y el oeste americano han desaparecido del mapa, y una nube radiactiva se acerca en estos momentos a Europa, de ahí la rapidez de la evacuación. Es el Fin del Mundo, presidente.

Ante el anuncio del Apocalipsis hay muchas reacciones posibles. Unos pueden caer en la más absoluta desesperación y empezar a correr en círculos agitando los brazos; otros tal vez recen encomendándose a una divinidad salvadora simplemente; y siempre habrá alguno que se niegue a afrontar la realidad. Pero desde luego muy pocos reaccionarían con el temple de Mariano Rajoy Brey, que recibió las palabras de la vicepresidenta con un escueto:

—Pues vaya.

No se le ocurrió nada más que añadir, así que permaneció en silencio mientras contemplaba el paisaje que estaban sobrevolando. A los pocos minutos vio las pistas del aeropuerto de Barajas y comprendió que era allí dónde si dirigían, extremo que le confirmo Soraya:

—Ahora tenemos un avión esperando; partimos a la Antártida —dijo la vicepresidenta adelantándose a cualquier pregunta.

— ¿La Antartida? —las sorpresas de aquella noche parecían no tenían fin. —¿No deberíamos quedarnos en España? Mañana hay consejo de ministros.

—No es seguro —dijo Soraya negando con la cabeza.

En el aeropuerto esperaba otro regimiento militar. El paso del helicóptero al avión se hizo de forma rápida y eficaz. Y en menos de 10 minutos estaba otra vez surcando el aire, ahora dentro de un avión militar.

**********

explosion nuclearAhora, acomodado en el asiento del avión militar, cambiado el pijama por un traje y sin el ensordecedor ruido de las aspas del helicóptero, Rajoy tuvo tiempo de pensar. Soraya había ido a la cabina, según ella a conocer las recibir las últimas ordenes de la OTAN, que era la que estaba al mando en aquel momento. La situación requería una honda reflexión, aunque todo aquello del Fin del Mundo se le escapaba. Era como el agua que cae del cielo, sin que se sepa exactamente por qué.

La llegada del Apocalipsis le parecía especialmente inoportuna. Ahora que las cosas iban tan bien… Las encuestas le sonreían, todas las previsiones de crecimiento eran buenas, la oposición era el coño de la Bernarda y sus socios de Ciudadanos estaban 100% domesticados. Ahora quien me ha impedido cumplir mi programa electoral es la realidad, reflexionó. Imaginó la nube tóxica envolviendo lentamente el planeta, en su mente eran como hilillos de plastilina. La visión resultaba perturbadora.

Intentó relajarse mirando por la ventanilla. El paisaje español siempre le había parecido especialmente bello desde las alturas. Una España a la que 75 millones de españoles vienen cada año, pensó con cierto orgullo. Por algo será.

Soraya, de vuelta, interrumpió el hilo de sus pensamientos. Cuando habló, sonó alterada:

—Presidente, la situación es muy grave, hay que tomar decisiones de gran calado.

—De acuerdo, pero antes me gustaría aclarar alguna cosa.

—Pues adelante.

—Para empezar, ¿no se supone que Corea del Norte aún no tenía armas nucleares?

—Mentira —repuso Soraya negando con la cabeza—. Todo lo que se ha dicho sobre el armamento de Corea del Norte es falso, salvo alguna cosa, que es lo que han publicado los medios de comunicación.

—¿Y qué pasará ahora? Bueno, ya sabes, con el mundo.

—Según los expertos de la OTAN la radiación desatada es suficiente para acabar con toda forma de vida en el planeta. Los que no mueran de inmediato a causa de la contaminación lo harán en pocas semanas por culpa del invierno nuclear.

Rajoy se sobresaltó. El labio le temblaba visiblemente al tiempo que su ojo derecho se guiñaba de forma incontrolada. Empezó a balbucear:

—¿Todos muertos? En fin, yo de este asunto sé poco, pero mi primo, que supongo que sabrá, claro, dijo una vez: “Oiga, he traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo, y ninguno me ha garantizado el tiempo que iba a hacer mañana en Sevilla”. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en una situación como esta? No lo sé, es decir, no lo sé; es un asunto al hay que estar muy atentos pero, en fin, tampoco lo podemos convertir en el gran problema mundial. Hay otros problemas más importantes, como los problemas del sector energético, los problemas de las emisiones y otros problemas muy importantes…

Una chorro de agua en plena cara cortó de golpe su cháchara.

—Lo siento, presidente —dijo Soraya con el vaso medio vacío aún en la mano. Le acercó un pañuelo.

Rajoy se secó y recuperó la compostura.

—Gracias. Ya ahora dime, ¿por qué vamos a la Antártida? ¿Cuál es el plan a seguir?

—La OTAN está preparando la evacuación del planeta.

—¿Evacuación adonde? —preguntó Rajoy con vivo interés.

—A la Luna. Es lo más factible, y hay allí una base ultrasecreta con capacidad para mil personas. En la Antártida esperan los cohetes para el viaje.

—¿Solo 1.000? ¿Y quienes irán?

—Esa es la parte complicada. La OTAN ha pedido a cada país que haga una lista con 20 de sus ciudadanos más notables. Ellos serán los elegidos para crear el Nuevo Mundo.

—¡Vaya papeleta! ¿Cómo vamos a elegir?

Soraya se encogió de hombros.

—La última decisión es tuya. Yo solo puedo aconsejarte. Pero hay que hacerlo ya—. Sacó de su bolso de mano una pequeña libreta y una estilográfica de aspecto caro. ¿Por dónde empezamos?

—Ehhhhhhhh.

A Mariano le habría gustado poder echarlo a suertes. El siempre decía que a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, que también es tomar una decisión. Tras una breve reflexión, empezó a dictar nombres. Los primeros cinco puestos fueron para él y su familia directa. No se le pasó por la cabeza ceder su propio puesto en la nave a una persona de más valía. Al fin y al cabo una cosa es ser solidario, y otra es serlo a cambio de nada. Luego pensó que la institución monárquica debería perpetuarse, así que pidió a Soraya que apuntase los nombres de los Reyes y los de las infantas Leonor y Sofia. Eso quitó otros cuatro puestos. Sin duda los once restantes debían reservarse para los elementos más valiosos de la sociedad civil. Aquellas personas que habían contribuido a hacer de España una gran nación. Del deporte eligió a Rafa Nadal, Fernando Alonso y Sergio Ramos. Del arte y la cultura a Francisco Rivera, Morante de la Puebla y Julio Iglesias. Como también necesitaría gente que le defendiese a capa y espada, metió en la lista a Francisco Marhuenda y Bertín Osborne, sus periodistas de referencia. Luego, en un impulso, propuso también a Amancio Ortega (como no se le habría ocurrido antes) y a Florentino Pérez, como ejemplos del español que emprende.

—¿Falta alguno?

Soraya repasó la lista:

— Solo uno. ¿No metemos ningún catalán?

—Claro que sí, me gustan los catalanes porque hacen cosas. ¿Qué tal Ferrán Adriá?

—Perfecto.

La lista estaba hecha. Con la sensación del deber cumplido, Rajoy dejó que le invadiera la modorra. Poco a poco cerró los ojos. Cuando los abrió, el avión estaba en tierra y el paisaje era de un blanco níveo. Soraya continuaba a su lado, como fiel escudera.

—Bienvenido a la Antártida, presidente. Será mejor que se abrigue bien antes de bajar.

**********

paisaje antarticoRajoy se desperezó y miró su reloj de pulsera. Había dormido casi cinco horas. Se sentía revitalizado, su optimismo antropológico estaba de vuelta. Cogió con energía el grueso anorak que le ofrecía alguien del personal de cabina y se dirigió hacia la salida.
Soraya no se había levantado aún del asiento.

—Vamos —le apremió Rajoy—, quiero estirar un poco las piernas antes de ir a la Luna.

—Yo me quedo aquí, presidente.

—¿Cómo? —Rajoy no acertaba a comprender.

—Como dije, las plazas son limitadas, y alguien tiene que quedarse para supervisar la evacuación de los españoles de la lista ¿no? Ellos viajarán en el próximo cohete.

Al ver que Rajoy iba a objetar algo, le cortó.

—Mi familia y yo hemos decidido que no nos imaginamos la vida fuera del planeta. He podido hablar con ellos por teléfono mientras tú dormías. Preferimos quedarnos aquí, en la Tierra. Hasta el final. La decisión está tomada.

Rajoy no discutió, sabia que cuando su vicepresidenta se ponía en ese plan era imposible quitarle algo de la cabeza.

—Vaya, no se qué decir. Solo puedo agradecerte todo lo que has hecho por mí y por el país.

La abrazó dejándose llevar por la emoción del momento.

—Muchas gracias, Soraya, de verdad. Eres una gran española y mucho española.

—Mucha española—, repitió Soraya guiñando un ojo. Y por enésima vez el presidente admiró la apostura de aquella pequeña mujer. Sin duda habría sido una digna sucesora.

Cuando bajó la escalerilla del avión. Un soplo de gélido aire antártico le azotó la cara, recordándole que todo era real. Estaba en la Antartida, el lugar más frio de la Tierra, y en breve despegaría en dirección a la Luna, como en una novela de Julio Verne. Y de verdad la nave que tenía delante parecía salida de una serie de ciencia ficción. Era un enorme zepelín mecánico flanqueado por un par de propulsores de aspecto sólido.

Un pasillo de soldados escoltaba el camino hacia la puerta del cohete. Le hicieron gestos para que se diese prisa, así que echó a andar rápido, como era su costumbre.

La entrada estaba en uno de los laterales de la nave. Al final de la escalerilla de acceso aguardaba una sonriente azafata.

—Buenos días, señor presidente, espero que tenga un buen viaje.

Rajoy agradeció con la cabeza y entró. Se encontró en un pasillo muy parecido al de los aviones comerciales, pero más ancho, y con los asientos dispuesto a en grupos de cuatro, enfrentados dos a dos y con una mesita en el medio, como en el AVE.

La misma azafata que le había dado la bienvenida le acompañó a su asiento, al lado de la ventanilla. Enfrente había un hombre rubio de mediana edad, con barba bien recortada y gafas al aire. Estaba enfrascado en la lectura de lo que parecía un manual técnico.

—Buenos días, soy Mariano Rajoy, presidente de España. —Extendió la mano y el otro la estrechó sin demasiado interés.

—Encantado, soy Hans Linchen, ingeniero aeronáutico —dijo con un marcado acento alemán.

—Un placer señor Linchen. Es importante que haya ingenieros en el Nuevo Mundo —dijo Rajoy con alegria—. Tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas, porque lo que no van a hacer nunca las máquinas es fabricar máquinas a su vez.

Hans asintió mecánicamente y volvió a su manual.

Rajoy se revolvió algo incómodo, buscando alguna cara conocida entre el resto del pasaje. Varios asientos delante vio a Merkel y Hollande juntos y charlando de forma animada. Levantó la mano en un gesto de saludo. Los otros miraron en su dirección pero enseguida desviaron la vista.

—Vaya, no me han visto —murmuró.

No parecía que fuese a tener mucho entretenimiento durante el viaje, así que se puso a imaginar cómo sería el Nuevo Mundo ¿A qué se dedicaría él? No creía que en la Luna valiese mucho su puesto de registrador de la propiedad. Hacia tiempo que no sabía dedicarse a otra cosa que no fuera hacer de presidente. Para él ser presidente del país era la pera, y ahora se veía en una nueva situación que le despojaba de su cargo. ¿Habría terminado su carrera política? Puede que no, en la nueva situación harían falta líderes y en democracia es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde.

Estaba tan sumido en sus pensamientos que dio un respingo cuando alguien le puso la mano en el hombro. Un rostro rubicundo coronado por un tupé imposible le observaba con una amplia sonrisa. Era la primera vez que le veía en persona, pero resultaba inconfundible. Rajoy se cuadró:

—President Trump! Ehhhh, nice to meet you!

—How are you, Mariano?  —Le palmeó la espalda animosamente. De cerca olía a vinacho y after shave.

—It´s very difficult todo esto. Ehhh, sorry, estoy peleando duro para estudiar inglés. Le dedico tres horas a la semana y luego voy por ahí practicando en coches y aviones.

Para su sorpresa, Trump,  habló en un español macarrónico.

—Tranquilo, yo hablo español de corrido. ¿Se dice así?

—Sí, sí. Oiga, tengo que felicitarle por su resuelta reacción contra la amenaza norcoreana.

Trump movió las manos para restar importancia. Se sentó precariamente en el reposabrazos del asiento de al lado.

—Gracias, siento que las cosas hayan resultado así, pero había que hacer algo con ese Kim Jon Un. Ya sabe, pararle los pies a ese cerdo comunista. ¿Se dice así?

—Sí, lo entiendo, presidente Trump. Las medidas que tomamos hacen daño a la gente, pero son imprescindibles. Yo he tenido que hacer recortes durísimos y he ganado las elecciones tres veces.

—Claro que sí, Mariano —otra palmada en la espalda—. Hay que ver esto como una oportunidad de empezar las cosas de cero. Gente como tu es la que necesitamos en Nueva America. Así se llama la base lunar. Allí no cometeremos los errores del pasado, ¡no habrá terrorismo, ni pobreza, ni mexicanos! ¡We will make America Great Again!

Rajoy asintió con entusiasmo.

 Una azafata de aspecto explosivo se acercó a Trump para susurrarle algo al oído. El presidente asintió y le dio un cachete en el culo. La chica se alejó con una risita tonta.

 —Son todas modelos —aclaró—. Se dejan hacer de todo por tener un puesto en la nave. Las puedes agarrar del coño, si quieres. ¿Se dice así?.

—Yo no…

—Bueno —prosiguió Trump—, me han dicho que ya vamos a despegar. Buen viaje, ¡nos vemos en la Luna!

Le dio otra palmadita en la espalda y se alejó renqueando en dirección a los asientos de delante.

Se escuchó un pitido y el sistema de megafonia empezó a hablar, repitiendo el mensaje en varios idiomas:

—Nos disponemos a despegar. Por favor, siéntense todos correctamente y abróchense el cinturón de seguridad. Pueden marearse un poco con el despegue, pero pasará enseguida.

viaje espacialEl morro empezó a levantarse hasta que la aeronave formó un angulo de 45 grados con el suelo. Parecía una atracción de feria que estuviese preparándose para salir. Luego, sin previo aviso se oyó un sonido como de decenas de extintores abriéndose a la vez. El motor rugió y Rajoy sintió una aceleración mayor a la que había sentido en toda su vida. Un cosquilleo recorrió su cuerpo a medida que la sangre se redistribuía. Cuando la sensación amainó, se atrevió a mirar por la ventanilla. Se elevaban sobre un manto de nubes que se iba alejando cada vez más.

La megafonia adoptó ahora un tono solemne, más acorde con la trascendencia del momento:

—Despídanse de la Tierra, señores, ¡y Dios bendiga el Nuevo Mundo!

Mariano echó un último vistazo a la Tierra, que empezaba a empequeñecerse como una canica. Una lagrimilla estuvo a punto de aflorar en sus ojos, pero se contuvo. La vida seguía, después de todo, y él iba a sobrevivir al Apocalipsis, igual que habría sobrevivido a dos derrotas electorales, una crisis económica, innumerables casos de corrupción y, lo que resultaba más sorprendente, a su propia incompetencia.
Por las carreteras tienen que ir coches y de los aeropuertos tienen que salir aviones, se dijo.

Mañana sería otro día.

 

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